Crítica – Backrooms: Sin Salida; ¿los youtubers llegaron para revitalizar el cine de terror?

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Desde hace semanas, en redes sociales circulan publicaciones y opiniones que aseguran que acabamos de entrar a una nueva era del terror gracias a la llegada de una camada de youtubers al cine. Por más que la máxima suene contundente, sí que tiene algo de razón. Los hermanos Philippou llevan dos de dos, mientras que hace apenas unos días Curry Barker causó un movimiento sísmico en Internet y en taquilla con la jodidamente genial Obsesión (Obsession, 2026). Por supuesto, hay un lado oscuro de todo esto. Chris Stuckmann y Markiplier dejaron una impresión muy pobre con Terror en Shelby Oaks (Shelby Oaks, 2025) y Iron Lung (2025) respectivamente. Se trata, entonces, de un talento personal y no de un poder adquirido mágicamente en la popular plataforma de videos. Kane Parsons es el más nuevo —y más joven— en probar suerte trasladando su ya icónica creación web a la pantalla grande. Lo de Backrooms: Sin Salida (Backrooms, 2026) no es un desastre como las últimas dos mencionadas, pero tampoco consigue llegar al nivel de las primeras. En este ejercicio, el joven director claramente muestra ambición y una sensibilidad especial para transmitir su idea de horror a un nivel masivo; sin embargo, también deja varias dudas acerca de sus habilidades para expandir narrativamente su propio mundo y darle una mayor profundidad.

Backrooms —que, según palabras del propio Parsons, es una continuación de sus videos en YouTube— logra trasladar la inquietante idea original al cine yendo a lo grande; los espacios liminales aquí presentados, definitivamente, son el gran protagonista. El diseño de producción resulta fundamental para desconcertar al espectador con una serie de objetos y pasillos que recuerdan en cierta manera a nuestra realidad, pero cuyas deformaciones o construcciones irracionales juegan con la mente, dejándola en un permanente estado de alerta. Algo parecido ocurre en Undertone: Frecuencia Maldita (Undertone, 2025), pero mientras aquella lo consigue con el sonido, esta hace lo propio con lo visual.

El guionista Will Soodik encuentra una temática interesante para darle sentido a estos espacios: bucles mentales que creamos que nos mantienen atrapados en nuestras propias miserias; un lugar en el que nos percatamos de que el mundo exterior está mejor sin nosotros; el laberinto de una vida que recorremos buscando algo nuevo inútilmente; la construcción de muros para evadir la realidad. Lo que Parsons y su equipo conciben para habitar esta terrorífica dimensión apela a la misma memoria y la forma en que deforma las vivencias y los recuerdos. La corporeidad de esta idea es el horror más grande que propone la película.

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Imagen: A24, Atomic Monster, 21 Laps Entertainment

Desafortunadamente, Soodik no acierta con los personajes y simplemente se deja llevar por los clichés del terror elevado para construirlos. El trauma moldea a Clark (Chiwetel Ejiofor), un vendedor de muebles, y a Mary (Renate Reinsve), una psicoterapeuta, pero no hace algo realmente interesante con su arco de transformación —además, aunque sea grato ver a la noruega en este tipo de proyectos, ni guion ni la dirección de Parsons le dan material para lucirse—. Somos testigos de su desorientación cuando navegan los backrooms y de la manera en que afrontan la distorsión de la realidad; en diversos momentos son nuestra ancla a la cordura. Lo que falla es lo que hay detrás de ellos. El bagaje emocional que cargan es genérico y vago, y Soodik permite que esto los defina desde el principio. A pesar de que la representación visual de este dolor conjura imágenes poderosas —como una secuencia en la que la antigua casa de Mary se ve transformando en un backroom—, la historia no hace algo valioso con ello. Quizá el único momento de confrontación psicológica que verdaderamente llama la atención es el que ocurre al principio del tercer acto, cuando los protagonistas dejan sus máscaras a un lado y la verdad florece, aunque pareciera que el conflicto se inclina por Clark, porque lo de Mary queda a la deriva.

Backrooms se compromete con una vibra lynchiana y un terror analógico similar al de Skinamarink: El Despertar del Mal (Skinamarink, 2022), pero la indecisión entre la explicación y la ambigüedad no le viene bien al misterio de la película. Exit 8 (Hachiban Deguchi, 2025) —cuya premisa es sumamente similar—, en ese sentido, sale mejor librada. Aunque no hay como tal escenas de exposición que nos digan exactamente de dónde vienen los backrooms, las pistas arrojadas son suficientes para que todo quede relativamente claro. Lo peor es que da la impresión de que se siembran semillas para el posible nacimiento de una franquicia cinematográfica.

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Imagen: A24, Atomic Monster, 21 Laps Entertainment

De cualquier forma, Parsons hace un buen trabajo incorporando voluntaria o involuntariamente a su ópera prima elementos de títulos influyentes como Está Detrás de Ti (It Follows, 2014) y El Proyecto de la Bruja Blair (Blair Witch Project, 1999) —de hecho, las tomas POV, distintivas de sus videos, están muy bien resueltas—. Con una fotografía que aprovecha lo único de estos sets y un p —coescrito por Parsons— que contribuye al malestar sensorial, el director demuestra que tiene el talento necesario para seguir cautivando a sus fans y a nuevos adeptos ahora en el cine. Solo le falta un mayor acompañamiento en el tema del guion para comenzar a redondear su faceta como cineasta.

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