“Un rostro… Una idea… Un hombre… Una guerra… Una flota”… cuenta el bardo (Travis Scott) en el palacio de Ítaca las gestas heroicas de Odiseo (Matt Damon), el aqueo que solo desea volver a casa para retomar la vida que dejó cuando partió para conquistar Troya en nombre de un vengativo y caprichoso rey. En esta interpretación de La Odisea (The Odyssey, 2026), Christopher Nolan, como en gran parte de sus cintas, cuestiona el concepto de héroe. ¿Necesita Gótica a Batman? ¿Merecen los Estados Unidos a Oppenheimer? ¿Necesita Ítaca a Odiseo? Así como en su película sobre el creador de la bomba atómica, el aclamado realizador nos presenta a un protagonista atormentado cuya misión cumplida le plantea si el genocidio valió la pena. Desplegando una visión titánica y haciendo todo lo posible por crear una experiencia cinematográfica que el espectador pueda atesorar, Nolan adapta la obra de Homero con respeto, poniendo el foco en la caída de los imperios, específicamente en su impulso por destruir a los demás, que, irónicamente, termina en su propia autodestrucción.
El director y guionista encuentra en el formato episódico del poema el medio ideal para dar rienda suelta a la estructura narrativa no lineal que tanto le gusta y que no solo va y viene en el tiempo, sino que también bifurca para mostrarnos el destino de algunos de los personajes más emblemáticos del relato. Están el imponente Agamenón (Benny Safdie) y el infortunado Sinón (Elliot Page), por ejemplo, que aparecen y desaparecen como recuerdos y luego como espíritus. Los flashbacks nos permiten asomarnos al pasado de Odiseo, con unos cuantos momentos idílicos por ahí y bastantes más traumáticos por doquier. Todo esto se nos presenta, por supuesto, en forma de historias dentro de la historia. Y es ahí donde surge el aspecto más interesante de la película: el poder de la narración, pero también sus omisiones y tergiversaciones. Nolan siembra dudas constantemente: ¿realmente Odiseo vivió aquellas aventuras? ¿O es que lo alucinó todo o parte de ello? Así, justifica el acercamiento fantástico —de hecho, la frase con la que comienza la cinta dice “En un tiempo de aparente magia…”—, que, sin embargo, se rehúsa a adherirse por completo a lo sobrenatural, de ahí la ausencia de los dioses, que en la épica de Homero son un elemento fundamental. Pero bien dice Atena (Zendaya) —la única manifestación divina aparente en la trama— que los dioses se hacen sentir de otras maneras, como el mismo Odiseo atestigua en su travesía.

La Odisea empieza como cualquiera esperaría: retratando el tormentoso viaje del protagonista. Sin embargo, la cinta poco a poco se va orientando hacia la postura política que Nolan pretende: la decadencia imperalista. La aparición de una Helena (Lupita Nyong’o) deforme es uno de los primeros indicios de dónde está el meollo del asunto; la reina le dice a Telémaco (Tom Holland) que le pida perdón a su madre por todo lo que pasó en su nombre. Después, la pesadilla de Odiseo se vuelve prácticamente la de cualquier veterano con síndrome de estrés postraumático. Pero eso no es todo, pues la culpa parece consumirlo aún más que la fatiga y el miedo de los años en alta mar y en tierras desconocidas. La figura de Oppenheimer —el Prometeo estadounidense— se asoma nuevamente. La “causa justa” se transforma de pronto en una acumulación de terribles acciones que no tardan en reflejar los tiempos que vivimos. En el último acto, en el que Odiseo finalmente se enfrenta a los pretendientes de Penélope (Anne Hathaway), el malvado Antínoo (Robert Pattinson) enseguida personifica el apetito armamentista y sanguinario de una entidad política que busca desesperadamente algo con que matar.
En cuanto a lo técnico, Nolan no decepciona. El diseño de producción, los vestuarios, la fotografía en IMAX, los efectos prácticos y demás se conjugan en pro de la experiencia. Destacan varias secuencias, como la del cíclope, la que transcurre en Hades, la de Circe —con una portentosa Samantha Morton protagonizando un segmento que se acerca bastante al body horror— y la final, que representa un hervidero de tensiones. Vale la pena alabar el trabajo de Ludwig Göransson, que rescata el mismo concepto musical de Hans Zimmer en Dunkerque (Dunkirk, 2017) —cuyo sentimiento antibélico también se percibe aquí— para crear un par de composiciones que parecen tomarse una eternidad para llegar al clímax, pero justamente llevando al espectador al límite con el incesante ritmo de las notas.

La Odisea no es una obra maestra ni la mejor película de Nolan; sin embargo, resulta grato ver que el director no le tuvo temor al clásico y pudo apropiárselo manteniendo intacta su esencia. También es un alivio ver personajes femeninos suyos con agencia. Penélope sobresale no solo por la gran actuación de Hathaway, sino también por el conflicto que entabla consigo misma y con su propio hijo. La frustración en ella es palpable.
El filme, obviamente, tiene sus debilidades, que se encuentran en varios personajes con poco desarrollo —cuesta creer que Mia Goth esté tan desaprovechada—, en el mediano convencimiento que genera Holland como Telémaco y en una posible “culpa blanca” que amenaza toda la propuesta. Afortunadamente, canalizando a su Ray Harryhausen interior, Nolan logra enmascarar las falencias de su película con un drama anacrónico y un sentido de aventura maduro en cuyo subtexto encierra los horrores de la guerra, la sombra del remordimiento y el cuestionamiento de lo que es un héroe.








