Crítica – Engendro: “mi hijo es un monstruo, ¿o será que yo lo soy?”

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La ansiedad materna es una temática que ha sido ampliamente explorada recientemente en el cine. Desde la casi surrealista Canina (Nightbitch, 2024) hasta la opresiva Si Pudiera, te Patearía (If I Had Legs, I’d Kick You, 2025), diversas directoras han representado cómo las expectativas que la sociedad tiene de una madre la obligan a balancearse por una línea muy delgada, poniendo en peligro su salud física y mental. Hannah Bergholm ya se había internado antes en este territorio con la enfermiza relación entre una hija en pleno autodescubrimiento y una mamá obsesionada por mostrar una imagen idílica de su familia en Cría Siniestra (Pahanhautoja, 2022). Ahora, con Engendro (Yön lapsi, 2026), la directora finlandesa le entra de lleno a los horrores ocultos de la maternidad con otra fantasía oscura que, sin embargo, no tiene el efecto de su película anterior debido a una indecisión entre dejarse llevar de lleno por el camp y asumirse como una obra seria acerca de un problema del que se evita hablar como lo es la depresión postparto.

La trama nos pide acompañar a Saga (Seidi Haarla), quien lleva a su esposo, Jon (Rupert Grint), a vivir a la casa de su infancia en los bosques finlandeses para tener ahí a su primogénito. Pero la alegría materna pronto se convierte en una pesadilla cuando Saga comienza a sospechar que algo anda muy mal con su hijo.

En Engendro, Bergholm constantemente trata de darle sentido a sus decisiones creativas. Una de las más evidentes es el hecho de que Jon es británico, lo que obliga a Haarla a hablar buena parte del tiempo en inglés. Está claro que hay una intención de incorporar las fallas en la comunicación entre padres como uno de los predicamentos, pero la limitación del idioma a la que se enfrenta Haarla no le ayuda del todo a su interpretación. Aunado a ello, la presencia de Grint como un padre totalmente míope de lo que está pasando su esposa resulta un gran distractor. La química —o falta de— que terminan por proyectar quizá no es exactamente la que la directora buscaba. Curiosamente, hay una escena gráfica entre ellos en la que los fans de Lars von Trier se sentirán como en casa.

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Imagen: Elokuvayhtiö Komeetta, Getaway Films, Filmai

También está la cuestión del bebé, que permanece en las sombras durante casi toda la trama; su rostro solo se ve en la última escena. Esto, por supuesto, parece ir en favor del misterio y el terror, pero generalmente causa más gracia que temor, casi como si estuviéramos viendo un muñeco en escena.

Así, Bergholm se vuelve el principal obstáculo de esta película. El concepto del “bebé monstruoso” no es nada nuevo, ni tampoco el de “pareja se va a vivir a una casa en medio de la nada, porque ¿qué podría pasar?”, y aun así la directora y la coguionista Ilja Rautsi insisten en construir toda su narrativa alrededor de ello. Por si fuera poco, el ejemplo reciente de Mátate, Amor (Die, My Love, 2025) no le hace ningún favor. Si bien la cinta de Lynne Ramsay no es terror como tal, la experiencia que propone al espectador y la que somete a su atormentada protagonista suponen una acumulación de emociones incómodas y un malestar prolongado. Por su parte, Bergholm incorpora una carga de folk horror arraigada en su cultura; desafortunadamente, da la impresión de que no hay un argumento que la sostenga en la historia, a diferencia de obras nórdicas de género como Criaturas Fronterizas (Gräns, 2018), que mezcla realismo social y mitología de la región.

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Imagen: Elokuvayhtiö Komeetta, Getaway Films, Filmai

Engendro trata de ser graciosa en ocasiones, pero muchas escenas se sienten más bien como comedia involuntaria; intenta parecerse a El Bebé de Rosemary (Rosemary’s Baby, 1968), pero tampoco lo logra. Quizá el apartado en el que Bergholm sí da en el blanco es la relación entre naturaleza y crianza, un ángulo que comparte con Criaturas Fronterizas, Cría Siniestra y hasta Cordero (Dýrið, 2021): el instinto natural de pertenencia y de protección maternal incondicional sobre la domesticación social. Bergholm enfrenta a Saga con las críticas, los regaños y la desconfianza de quienes quieren que se ajuste a los cánones aceptados. El body horror, como en Canina, entra en juego en esta parte, sometiendo a la madre a una transformación para proteger a su hijo, tal y como su cuerpo le dicta.

El problema es que, eventualmente, Engendro cede a los clichés del terror genérico y se entrega a las obviedades para que absolutamente todo lo que Bergholm pretende decir quede más que claro; sus simbolismos se convierten en explicaciones. A pesar del gran esfuerzo histriónico de Haarla —que también se ve afectado por un trabajo de maquillaje y prostéticos no tan convincente—, la película opta por lo obvio, se vuelve repetitiva y se condena a sí misma al no comprometerse nunca con el drama psicológico ni con la comedia negra.

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