Moscas (2026) abre, efectivamente, con una mosca. El molesto insecto mantiene ocupada a Olga (Teresita Sánchez), quien, con absolutamente nada más que hacer, pone en práctica diversos métodos para acabar con ella. Concluida la tarea, que resultó más complicada de lo que hubiese esperado, la mujer, aparentemente ya retirada, trata de combatir el hastío cotidiano jugando sudoku, viendo la tele o escuchando a sus vecinos tener salvajes relaciones sexuales. “¿Y si fuera yo?”, piensa seguramente; la imaginación como arma para vencer al aburrimiento y, en una de esas, a la soledad. Es justamente este atributo el que Fernando Eimbcke otorga a los protagonistas en su nueva película, otro recuento de vida —el llamado slice of life—, para hacer frente a una dura realidad que amenaza con arrastrarlos al abismo. Una vez más, el mexicano muestra una enorme empatía por sus personajes al representar un cachito de la existencia desde el improbable pero auténtico vínculo definido por la pérdida y el anhelo de escapar aunque sea solo por un momento.
El aparente enfoque en lo mundano al que apela el autor mexicano —inspirado en la obra de Jim Jarmusch y Yasujiro Ozu— emparenta su cinta directamente con su ópera prima Temporada de Patos (2004), que hace más de dos décadas contribuyó al surgimiento del Nuevo Cine Mexicano. En cierto sentido, su más reciente esfuerzo parece otro episodio de una hipotética antología ambientada en la Ciudad de México sobre el día a día de sus habitantes. El blanco y negro, los personajes mínimos y una emblemática unidad habitacional las unen en la superficie —Enrique Arreola aparece en las dos, además—; en el fondo, los deseos y las frustraciones de los protagonistas son básicamente los mismos: imaginarse en otro sitio y ver qué pasa. Esto para nada significa que Eimbcke se repite a sí mismo; en un segundo plano, pero no menos importante, Moscas muestra una realidad difícil: Tulio (Hugo Ramírez) y su pequeño hijo Cristian (Bastian Escobar) lidian con la burocracia y tratan de sobrevivir con el poco dinero que les queda mientras la esposa y madre se encuentra hospitalizada. Sin caer en miserabilismos, Eimbcke simplemente señala una problemática a la que están expuestas diariamente decenas de miles de personas.

El andar de este padre e hijo se cruza con el de Olga, quien les renta de mala gana una habitación en su casa para pagarse un tratamiento médico. La primera parte de la película se adhiere al neorrealismo siguiendo a Tulio y Cristian entre el hospital y su hogar temporal, al que el niño entra a escondidas para evitar que la dueña los saque a patadas. Hay algo de Ladrón de Bicicletas (Ladri di Biciclette, 1948) en la dinámica que construye Eimbcke, que se vale de la ternura y una mirada muy humana, evitando cualquier rastro de sentimentalismo barato. La emoción queda capturada en momentos tan sencillos como un par de extreme close-ups centrados en las manos; uno en particular, en el que la cámara se mantiene fija mientras Tulio acaricia a Cristian e intenta reconfortarlo, resulta notablemente conmovedor.
La segunda parte transcurre con la sincera e improbable amistad que surge entre Cristian y Olga; el uno encuentra en el otro un aliciente. La reciente No Nos Moverán (2024) viene inmediatamente a la cabeza a través de la relación que hay entre la severa Socorro y el despreocupado Sidartha, sin mencionar que se trata también de una cinta en blanco y negro situada en una unidad habitacional. Entonces, si bien es cierto que Eimbcke recurre a la fórmula del personaje duro que se ablanda ante la inocencia y la bondad de otro, la ejecución es lo que permite que Moscas nunca caiga en lugares comunes. La sumamente convincente actuación del joven Escobar y la química que tiene con Sánchez se convierten en el corazón de una película sobre pequeñas y aparentemente insignificantes acciones de amor que terminan siendo todo.

Lo que entrelaza la propuesta de Eimbcke es el videojuego favorito de Cristian: Cosmic Defenders. El título aparece constantemente en la trama de distintas maneras, ya sea como una metáfora —visual y narrativa— de lo que vive la madre en el hospital o como un gusto compartido entre Cristian y Olga. Esto también trae de regreso Temporada de Patos; memorables resultan aquellas escenas en las que Flema y Moko juegan con el desconcertado repartidor de pizza. En ambas, los videojuegos emergen como el conducto perfecto para vivir momentáneamente en otra realidad ajena al dolor.
Al final, las moscas vuelven a sobrevolar el departamento de Olga; la sombra del vacío se asoma de nuevo. Pero algo ha cambiado en Olga; el hueco en su alma se ha llenado por un instante. Quizá no lo sepa en ese momento, pero nunca más volverá a ser la misma. Encontrar sentido en los lugares y en las personas más inesperadas.









