Que no se pierda la bonita tradición casi anual de tener alguna representación de Drácula en el cine o la televisión. La explotación del mítico personaje de Bram Stoker ha sido excesiva en esta década, pero todas estas versiones palidecen, irónicamente, ante la “no oficial”: el remake de Nosferatu (1922), a cargo de Robert Eggers. Luc Besson no se quiso quedar atrás, y por eso ahora presenta su propia interpretación: una película que mezcla acción, romance, drama y una gran dosis de comedia involuntaria. El sello del polémico cineasta francés es inconfundible, pero no exactamente para bien. Tomando como base el Drácula, de Bram Stoker (Bram Stoker’s Dracula, 1992), de Francis Ford Coppola, y dándose muchas libertades para explorar facetas inusuales del protagonista, Besson entrega una cinta bastante irregular que por momentos parece una parodia de los mejores filmes basados en el conde, sorprendentemente disfrutable como un placer culpable.
Drácula, como bien señala su subtítulo, es una historia de amor. Besson se enfoca en la tragedia romántica que cimenta la gran adaptación de Coppola: la muerte de su amada Elisabeta. De hecho, el prólogo es sumamente familiar, y pareciera como si el cineasta solo hubiera hecho un par de cambios por aquí y por allá para diferenciarse. Caleb Landry Jones, como el conde Drácula, cumple a cabalidad los extraños designios del director. Como su nueva musa, el estadounidense parece comulgar con las visiones tan estrambóticas del francés, como quedó claro en Dogman (2023). No hay duda de su compromiso con la propuesta kitsch, sin embargo, su interpretación se ve lastimada bastante por la mediocridad del guion y una serie prostéticos que lo hacen sentir como si estuviera haciendo cosplay.

El resto de los personajes también deja sentimientos encontrados. Está, por ejemplo, Christoph Waltz, quien interpreta a una versión sin nombre de Van Helsing. El galardonado actor entre en escena canalizando a los icónicos protagonistas que entregó bajos las órdenes de Tarantino; por momentos da la impresión de que estamos ante un tipo que combina la bondad de King Schultz, de Django sin Cadenas (Django Unchained, 2012) y la astucia de Hans Landa, de Bastardos sin Gloria (Inglorious Basterds, 2009), pero sin la gracia, la dirección y las líneas exactas para hacerlo brillar. Zoë Bleu, como Mina/Elisabeta, tampoco deja una impresión duradera, y la mayor parte del tiempo se ve opacada por Matilda De Angelis, la amiga, quien entrega una desatada actuación como una de las novias sedientas de sangre del conde.
Donde el equipo de Besson acierta es en varios elementos de la parte técnica. El diseño de producción y de vestuario es fantástico; el presupuesto de rango medio se aprovecha bien en términos generales con enormes sets y una colección de vestuarios que abarcan distintos tiempos y culturas de la Europa occidental y oriental. Aunque no todo es digno de celebrar. Por alguna razón, Besson decidió darle un ejército a Drácula en forma de unas pequeñas gárgolas —entrenadas, además, en un hilarante combate cuerpo a cuerpo—, animadas con un CGI rudimentario y ridículo. Y claro, la parte el maquillaje y de los prostéticos no le ayuda en nada a Landry Jones cuando lo vemos como anciano, que recuerda en el peor sentido al Emperador Palpatine.

Y eso no es todo, pues Besson va más allá con un par de secuencias que se acercan peligrosamente a la parodia. Una, por ejemplo, ve a Drácula embarcarse en una aventura global para crear ¿el perfume perfecto? para hacer que toda mujer caiga rendida ante su presencia. Esto llega a niveles irrisorios cuando, más adelante, se interna a un convento para “liberar” a unas monjas; y casi como en una escena de Benedetta (2021), se da un conato de orgía. Con un Jonathan Harker (Ewens Abid) que solo la hace de bobo, elementos originales absurdos, ¿un cuasinúmero musical? y una trama que se estanca constamente en irrelevancias, Drácula falla por una crisis de identidad; Besson se decanta por el romance trágico, pero insiste en forzar la acción con una historia en la que el antagonista ni siquiera parece realmente una amenaza. Y, bueno, sobra decir que la cinta está desprovista de cualquier elemento que la emparente con el cine de terror.









