La intersexualidad es un tema poco retratado en el cine. Curiosamente, en plena era franquista, una película llamada Mi Querida Señorita (1975) irrumpió en un panorama de represión y mojigatería con una historia acerca de una mujer madura que descubre que también tiene gónadas masculinas tras una visita al médico. Esta superó la censura e incluso fue nominada al Óscar. Muchísimos años después, el concepto vuelve de la mano de Netflix, Los Javis —creadores de la aclamada serie La Mesías (2023)— y la escritora Alana Portero para modernizar el relato y brindar visibilidad a una temática de la que la mayoría de la sociedad todavía permanece ignorante. El remake es un noble intento que, sin embargo, carece de la potencia de la original; el didactismo resulta el culpable. Aun así, gracias a algunos bellos momentos y a la relevancia social de la que está impregnada la trama, la cinta ofrece un aliciente en tiempos de odio e intolerancia.
La película toma el esqueleto de la obra de Jaime de Armiñán y traslada los acontecimientos al cambio de siglo en España. El relato sigue a Adela (Elisabeth Martínez), una joven de Pamplona que, inquieta por su sexualidad, descubre que sus papás le ocultaron su verdadera identidad. Uno de los aciertos de la cinta es recurrir a Martínez, una persona intersexual en la vida real, para el papel protagónico. Su sensibilidad y su conocimiento de primera mano le otorgan autenticidad a la trama. Por otro lado, su interpretación parece estar en un registro distinto al de los demás, lo que afecta un poco a la inmersión. El esfuerzo de Martínez es invaluable en busca de representación, pero en cuanto a la transmisión de emociones, queda a deber buena parte del tiempo. El director Fernando G. Molina falla en cierta medida al guiar a la debutante en un rol definitivamente complejo en muchos niveles.

Afortunadamente, el resto de los personajes compensa con un cúmulo de sentimientos y pasiones. Todos ofrecen buenas actuaciones —¡faltaba más!, pues tenemos a Nagore Aranburu, Anna Castillo y Eneko Sagardoy, todos ganadores del Goya—, y aunque los arcos de varios son limitados, su presencia contribuye al viaje de autodescubrimiento de Adela/A.D y al mismo tiempo otorga una visión diferente del conflicto y de la comunidad LGBTIQ+ en general. Están, por ejemplo, la madre (Aranburu), cuya sobreprotección termina por resultar dañina; un sacerdote gay (Paco León), que actúa como una especie de aliado inesperado; Patricia (Delphina Bianco), una madame orientadora sexual comprensiva; e Isabel (Castillo), el interés romántico más fuerte. Lidiando con la frustración de Adela, cada uno se enfrenta a sus propios demonios y a otros estigmas sociales.

Mi Querida Soñarita, lastimosamente, recurre demasiado a la sobreexplicación para construir su discurso. En lugar de mostrar, González Molina y Portero se empeñan en decir lo que ocurre y lo que sienten Adela/A.D. y los demás. Las frases inspiradoras abundan y se sienten impostadas en ocasiones, a pesar de que ciertamente albergan una carga emotiva. Además, la película no duda en hacer notar su influencia almodovariana cada que puede. Resulta conveniente traer a colación Los Domingos (2025), una obra que encuentra en la sutileza y la ambigüedad el modelo ideal para representar la incertidumbre de una jovencita cuya vocación religiosa genera un conflicto al interior de su familia. De cualquier manera, el trabajo de González Molina pone sobre la mesa la importancia de amar y de ser libre simultáneamente, de abrazar el deseo, de hacerle caso a las vísceras, de encontrar la belleza en los demás y de crear el mundo propio para evitar morir en el de alguien más. Por más que Mi Querída Señorita opte por un acercamiento convencional, su intención es más que encomiable.
Mi Querida Señorita está disponible en Netflix.










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