La intención de Ainara (Blanca Soroa), una jovencita de 17 años, de irse a un convento para, eventualmente, convertirse en monja, abre todavía más una grieta en una familia vasca en la que las inseguridades, los rencores y los traumas yacen en el fondo de cada integrante. La directora y guionista Alauda Ruiz de Azúa parte de la duda de una jovencita que ha encontrado su vocación para montar un drama familiar, cuyo núcleo narrativo se encuentra en la fe o en la falta de ella. Y, aun con un tema religioso de por medio, la película ganadora del Goya va más allá: su búsqueda se sitúa en las hipocresías inadvertidas que rigen las sociedades occidentales. Con un gran guion, actuaciones sumamente convincentes y una dirección sutil pero contundente, Los Domingos (2025) nos pregunta no solo qué haríamos con un ser querido en la situación de Ainara, sino que nos pone frente a un espejo que nos muestra las mentiras que vivimos.
Ruiz de Azúa se compromete con un acercamiento que no juzga y que delinea personajes imperfectos alrededor de la decisión de Ainaira. Está su padre, Iñaki (Miguel Garcés), un hombre de familia conservador motivado únicamente por el dinero y que prefiere mantener una postura pasiva ante lo que su hija pretende hacer. Del otro lado está la tía, Maite (Patricia López Arnaiz), una atea que hace todo lo posible para evitar que su sobrina “eche a perder su vida”, pero que en casa al mismo tiempo lidia con un matrimonio que se cae a pedazos. En la orden religiosa nos topamos con la madre Isabel (Nagore Aranburu), cuya sutileza y frialdad para manejar a las personas parecen estar infravaloradas. Es en estas contradicciones que encontramos el material más fascinante de la cinta, que corona con una protagonista casi silenciosa y que, básicamente, es la única que se muestra transparente. Su discernimiento vocacional se vuelve una batalla de varios frentes, incluido uno dentro de sí.

La duda es una temática que hemos visto desarrollada en tiempos recientes en el cine. Tanto Cónclave (Conclave, 2024) como La Grazia (2025) recurren a ella para anclarla a lo que nos hace humanos: la incertidumbre constante que nos mantiene atados a la esperanza, elemento importante de la religión, pero también de la naturaleza humana. Por supuesto, la única entregada al poder de la duda es Ainara, pues su fe es más grande que cualquier otra cosa. Al mismo tiempo, Maite se desvive por la certeza de que Dios no existe, e Iñaki se mueve únicamente por aquello que le haga sentir seguro económicamente. Ruiz de Azúa no toma partido alguno; los matices de sus personajes dejan al descubierto sus intenciones como artista: dejar que el espectador, creyente o no, saque a sus propias conclusiones. Lo que sí hace es delinear un egoísmo social que resuena bastante: todos quieren a Ainara, pero ¿qué quiere realmente Ainara? La herida que lleva consigo, derivada de la muerte de su madre, parece haber encontrado en Dios la sutura ideal.

Los Domingos trabaja la ambigüedad con finura que, para muchos, supone una neutralidad problemática. Es cierto que hay varios filmes que se escudan en ella para defender su cobardía, pero la obra de Ruiz de Azúa no es una de ellas. Se trata más bien de una visión panorámica de la vida misma, de nuestras frustraciones y de las dudas que, irónicamente, nos completan. La directora filma todo esto con una simpleza que aparente ser sencilla, pero que en realidad alberga una profundidad notable gracias a una colección de planos-contraplanos y yuxtaposiciones que muestran exactamente las posiciones de Ainara y su familia ante la pérdida, la religión y el significado de la unión. Con esta película, la directora examina a detalle la relación de amor/odio que la sociedad española —y de paso toda Hispanoamérica— tiene con la religión, pero también las distintas formas de amar y apoyar en una familia, que no siempre resultan efectivas. Así como Romería (2025), esta cinta nos pone frente a frente con el hecho de que lo que creemos que es amor, eventualmente, puede separarnos de aquellos que más queremos.









