Crítica – La Grazia: el Paolo Sorrentino más contemplativo

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Paolo Sorrentino siempre ha sido un tipo introspectivo con su cine, pero esta característica suele quedar opacada por una estilización que, en ocasiones, no termina por favorecer sus ideas. Basta con recordar su anterior esfuerzo: Parthenope (2024), una irregular oda a su ciudad natal de Nápoles cuya dispersa ejecución la deja como un ejercicio notablemente superficial. Ahora, con La Grazia (2025), el realizador, interesado nuevamente en las figuras políticas de su país —como lo hizo en Il Divo (2008)—, y echando mano una vez más de su gran musa, el actor Toni Servillo, consigue un relativamente sano equilibrio entre sustancia y estilo para entregar un estudio de personaje que ofrece una reflexión sobre la soledad, la búsqueda de la verdad y la inusitada paz que trae consigo la duda. Quizá con su propuesta más sobria en muchísimo tiempo, aunque no desprovista de esas a veces desmedidas ganas de Sorrentino por hacerse ver, el director se reencuentra con una sensibilidad por momentos emotiva.

Si con Il Divo y Loro (2018) habían desnudado a la clase política italiana, La Grazia da un giro de 180° y nos presenta una figura casi divina: un presidente de Italia (Servillo) en medio de un difícil dilema: aprobar o no una controvertida ley sobre la eutanasia. En esta ocasión, Sorrentino se muestra más interesado por cuestionamientos morales que en escándalos y excesos. El presidente De Santis se mueve en esta historia como una deidad, tratando de encontrarse con su humanidad y meditando acerca de cómo quiere ser recordado. El guion, entonces, se vale del concepto de la gracia como un favor divino para poner al protagonista en otra encrucijada: ofrecer un perdón presidencial a un hombre que mató a su esposa asolada por el alzhéimer —¿un guiño a Amour (2012)?— o a una mujer que asesinó a su marido abusador. De Santis se embarca en una búsqueda de la verdad para intentar tomar las mejores decisiones.

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Imagen: The Apartment, Numero 10, PiperFilm

Por supuesto, esta no sería una película de Sorrentino si el protagonista no hiciera un viaje por alguna ciudad italiana para reunirse con una variedad de exóticos personajes, desde un papa negro (Rufin Doh Zeyenouin) que anda en motoneta hasta una parlanchina amiga (Milvia Marigliano) —que guarda el secreto de vida que carcome a De Santis desde hace mucho tiempo—. La familia, además, juega un papel muy importante en la construcción del personaje principal. Dorotea (Anna Ferzetti), su hija y concejera, a quien realmente no conoce a un nivel personal —y que piensa que, a diferencia de él, ve hacia el futuro—. El presidente es un hombre obesionado con el pasado, específicamente con el recuerdo de su esposa muerta, quien le fue infiel. La aparente revelación de quién fue su amante le hace ver que la incertidumbre no estaba mal después de todo. Así como en Cónclave (Conclave, 2024), la duda es representada como una fuerza muy poderosa que incluso puede ayudar a los demás. Esta, irónicamente, le permite finalmente resolver los conflictos que necesitan su veredicto.

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Imagen: The Apartment, Numero 10, PiperFilm

Si bien Sorrentino no puede escapar de algunos simbolismos demasiado obvios —como un caballo suyo que cae enfermo y queda agonizando— y de la amenaza de la repetición y la vaguedad, La Grazia supone una mirada por instantes enigmática a las dudas existenciales que nos definen. El director italiano, como siempre, se saca de la manga momentos absurdos que parecen romper la cuarta pared, pero que no contribuyen significativamente a la historia; sin embargo, la gran actuación de Servillo y la manera en que inscribe la esencia de la eutanasia en la trama y en la misma construcción dramática del personaje dan como resultado una obra que inicialmente desafía las expectativas —cualquiera pensaría que está por internarse en un thriller político—. Quizá no resulte tan envolvente, personal y emotiva como Fue la Mano de Dios (È Stata la Mano di Dio, 2021), pero el nivel de contemplación aquí desplegado y el compromiso con la narrativa en vez de con el estilo dejan al descubierto a un Sorrentino abriéndole la puerta, probablemente, a una nueva etapa de su carrera.

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