Desde La Sustancia (The Substance, 2024), el body horror se ha popularizado como nunca antes y ahora todos quieren un pedazo del pastel… o del cuerpo. Una película de terror basada en los cómics de DC parecía una bocanada de aire fresco para un tipo de blockbuster que ha sido exprimido hasta el cansancio y que, para muchos, ya no tiene nada que ofrecer. Así, Clayface (2026) emerge como una especie de experimento en el mundo de los superhéroes que pretende inyectar algo de vida al DCU, al menos en la pantalla grande —porque en la TV está más vivo que nunca—, cuya legitimidad se vio seriamente lastimada por la genérica Supergirl (2026). Si bien la película no representa en absoluto un distanciamiento radical de la fórmula, aprovecha su clasificación C y supone un mayor atractivo narrativo que el de su antecesora, sobre todo cuando abraza el camp y el ridículo.
Clayface recoge el concepto de icónico villano de las páginas de Batman: un hombre capaz de cambiar de forma que convierte su trágica existencia en un gran poder. En este universo, Matt Hagen (Tom Rhys Harries) es un famoso y guapísimo actor que, tras una mala decisión, es víctima de un mafioso que le desfigura el rostro. Perdiéndolo todo, su salvación llega en forma de un tratamiento experimental que, al principio, le devuelve el rostro, pero, con el tiempo, los efectos secundarios terminan consumiéndolo. Hay que aclarar primero que el proyecto fue iniciado por Mike Flanagan, quien tuvo que abandonarlo por cuestiones de agenda; James Watkins y el guionista Hossein Amini tomaron las riendas. Y aunque por momentos resulta evidente que se trata de un trabajo que sufrió varios cambios sobre la marcha —el comienzo, por ejemplo, tiene pinta de serie de televisión— la historia de un tipo cuya brújula moral se rompe en mil pedazos no teme coquetear con una comedia de terror que se ríe de sí misma.

En cuanto al drama, el guion ofrece ideas interesantes, desde las ficciones que Hagen crea para evitar su dolorosa realidad —Elisabeth, de La Sustancia, podría platicar una o dos cosas con él— hasta una crítica al culto a la personalidad y a una industria voraz dispuesta a desechar a quien sea en cualquier momento. El noir y el thriller policiaco también se asoman levemente con una subtrama encabezada por John (Max Minghella), pareja de la Dra. Corr (Naomie Ackie), quien, por su parte, ayuda a Matt en su momento más abajo. Desafortunadamente, de estos tres actores principales, Ackie es la que menos sobresale por culpa del guion; su personaje es más un accesorio, pues sus motivaciones personales quedan sepultadas en favor de la trama. La venganza de por medio, igualmente, se desenvuelve como cualquiera esperaría, dejando poco espacio a la imaginación en este aspecto. Por último, nos topamos con la versión menos atractiva de Gótica hasta ahora; su naturaleza, de nuevo, se siente televisiva, algo que incluso la serie de El Pingüino (2024) trascendió.

Pero la parte más ridícula resulta exquisita, específicamente durante una larga secuencia en el interior de un club nocturno, donde Matt se transforma en un secuaz del jefe mafioso y causa un enorme caos aprovechando su nuevo poder. Las escenas son tan pícaras como sangrientas y culminan en la destrucción de la identidad del protagonista. Como dicen por ahí, queda completamente consumido por el personaje. Rhys Harries hace un buen trabajo al equilibrar tanto la faceta oscura de Hagen como la absurda.
Clayface podría parecer derivativa al incluir elementos de clásicos de la serie B como Darkman: El Hombre Sin Rostro (Darkman, 1990), El Hombre Sin Sombra (Hollow Man, 2000) y La Mosca (The Fly, 1986); sin embargo, Watkins, Flanagan y Amini consiguen que este batidillo tenga su propia personalidad gracias al gore, el maquillaje y los efectos prácticos, las ingeniosas muertes que vemos en pantalla —que usan astutamente la retorcida naturaleza del protagonista—, y la construcción de una tragedia que, a su vez, significa el nacimiento de un supervillano —hay algo de Guasón (Joker, 2019) tambien—. Es bueno ver que el cine basado en cómics de superhéroes, aun con sus lugares comunes y fallas narrativas, puede volver a emocionar al público e incluso llevarlo al límite en algunos instantes con sus escenas gráficas. Y lo mejor de todo es que este caso no depende en absoluto de su propio universo.









