Uno sale de Hope (Hopeu, 2026) realmente confundido. No todo es lo que parece. Así como Digger (2026) no va exactamente del calentamiento global, la película coreana nominada a la Palma de Oro en el Festival de Cannes no trata exactamente sobre un grupo de humanos agarrándose a balazos contra unos aliens invasores. Caímos redonditos en la trampa de Na Hong-jin. “Lo que acabamos de ver no puede ser real”, pensamos al salir de la sala. Días después, descubrimos que hay una razón por la que el CGI de las criaturas es tan malo; por la que los diseños resultan tan poco inspirados; por la que da la impresión de que estamos dentro de un videojuego en el que los personajes comienzan con arcos y flechas y terminan con lanzagranadas —¿alguien dijo Resident Evil: Noche Cero (Resident Evil, 2026)?—. Lo del director coreano podría definirse como una trolleada de proporciones épicas —estamos hablando de la producción más costosa en aquel país hasta ahora—; una especie de parodia que ridiculiza el blockbuster occidental y que, sin embargo, le da una cucharada de su propia medicina con secuencias de acción verdaderamente alucinantes.
Hope es entretenimiento garantizado. La película nos sitúa en un pequeño pueblo cerca de la frontera con Corea del Norte. La aparición de animales mutilados y de personas desmembradas ha puesto en alerta a los habitantes. La policía local toma cartas en el asunto, pero pronto se ve rebasada cuando la amenaza resulta no ser de este planeta. Hope, básicamente, es “Policías vs. Aliens”. Hong-jin mantiene el secreto durante casi 40 minutos, y es en esta parte cuando el suspenso se acumula. Vemos la destrucción —en ese sentido, el diseño de producción se lleva las palmas—y los cadáveres, pero no a la criatura. La intriga va en aumento. Y luego llega la gran revelación: una criatura pobremente renderizada que parece sacada de Attack on Titan (Shingeki no Kyojin, 2013-2023). Su existencia dentro de este universo llega al ridículo —su integración con el entorno es tan mala que da risa—, así como la aparición de una oficial de policía (Jung Ho-yeon) de pueblo que llega cargada con un arsenal entero y una destreza enorme para disparar.

La sátira empieza a asomarse y se hace más evidente con los constantes momentos cómicos en los que se ven involucrados los personajes, como aquel en que la oficial escucha con detalle el recuento de un anciano que se encontró con los extraterrestres mientras cagaba. Luego se confirma cuando aparece otro tipo de extraterrestres más sofisticados pero igualmente creados con un CGI poco convincente. Hay que revelar que los actores que ofrecieron su cuerpo para la captura de movimiento son Michael Fassbender, Alicia Vikander y Taylor Russell. Hong-jin reafirma su travesura echando mano de un trío de estrellas de Hollywood que aparecen como monstruos, cuyos rostros se pueden identificar si prestamos atención. Pero eso no es todo, pues el aparente chiste llega a su punto culminante cuando, al final, se roban el protagonismo, comienzan a escupir exposición y, claramente, abren la puerta a una secuela —el director ya expresó su deseo de hacerla—. Marvel, definitivamente, debe sentirse aludido.
La broma también hace un comentario adicional en su representación. La abundancia de armas y el rencor de los pueblerinos parecen hacer referencia a la paranoia política en Corea del Sur y a las tensas relaciones con su vecino incómodo; de hecho, algunos letreros en el pueblo alertan sobre una posible infiltración, la cual se materializa de manera inesperada,

Por otro lado, Hong-jin muestra una gran destreza al construir sus secuencias de acción, aun cuando el ejercicio tiene otro propósito. Dos son particularmente emocionantes: las persecuciones a bordo de una patrulla que ocurren en el primer y el tercer acto; los movimientos de cámara y la participación de los dobles de acción recuerdan bastante a los de Mad Max: Furia en el Camino (Mad Max: Fury Road, 2015). Además, el diseño sonoro es soberbio y contribuye a la inmersión: el galope de un caballo, los balazos, el motor del coche… Así es como suena la adrenalina.
El desarrollo de personaje brilla por su ausencia en Hope. Hong-jin lo sabe perfectamente y por eso “compensa”, como lo haría la mayoría de los megablockbusters estadounidenses, con balas infinitas, golpes brutales que deberían matar a los protagonistas y de los que aun así salen relativamente ilesos —la escena escondida en los créditos es un remate glorioso—, y chistes bobos en plena batalla por la supervivencia. Con esta película, Hong-jin ofrece una experiencia peculiar con la que hay que comprometerse —la excesiva duración es otro detalle gracioso— para disfrutarla. Una doble función con Día de la Independencia (Independence Day, 1996) sería maravillosa.









