Crítica – Digger: una sátira sobre la sátira

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Se abre el telón. La función está a punto de comenzar. Así como todos los días tenemos la sensación de que estamos presenciando la obra de teatro más absurda y estúpida al ver las acciones y decisiones de los líderes mundiales, Digger (2026) se presenta como una completa ridiculez, aunque ciertamente ingeniosa. Alejandro González Iñárritu encontró la manera de seguir desahogando esa ambición grandilocuente que lo ha definido desde Birdman o (la Inesperada Virtud de la Ignorancia) [Birdman (or the Unexpected Virtue of Ignorance), 2014] para hacerla relevante, algo que definitivamente no logró con la fallida Bardo, Falsa Crónica de unas Cuantas Verdades (2022). Digger es una sátira sobre la sátira. En este ejercicio, el director mexicano recurre a aspavientos y demás para hacerse notar ―con la ayuda de la escritora Sabina Berman―, pero la diferencia con su trabajo anterior es que ahora sí tiene algo importante que decir. Echando mano del humor negro, el ejercicio nos confronta con el estado actual del mundo y nos hace mirarnos al espejo, pero también nos recuerda que la sátira siempre estará ahí para ofrecernos alivio, aun cuando la destrucción sea inminente.

Digger parece ser la culminación temática de una trilogía que también comprende Birdman y Bardo; en las tres, hombres maduros llegan a un nuevo punto de inflexión en el que deben mirar atrás para redescubrir el significado de sus vidas. La comedia negra ―bastante más efectiva que la de No Miren Arriba (Don’t Look Up, 2021)―, por supuesto, fue la mejor herramienta que Iñárritu encontró para realizar un ejercicio de comunión, ya sea para él o para sus estrellas. En Birdman, Michael Keaton tuvo su enésimo aire; en Bardo, el director creó un avatar de sí mismo; y en Digger, Cruise, una de las grandes estrellas del mundo, así como en Top Gun: Maverick (2022), reflexiona sobre el papel del arte en nuestras vidas. Este halló en el mexicano al aliado perfecto: dos tipos en busca de la grandeza que, a pesar de ser tachados de megalómanos, se han comprometido con su oficio. Esa pasión se transmite en su primera película juntos: una tragicomedia de proporciones épicas en la que emprenden un vuelo peligrosamente cerca del sol.

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Imagen: Legendary Pictures, TC Productions, Warner Bros.

La película, que sigue al hombre más poderoso del mundo intentando salvar a la humanidad de una catástrofe que él causó, no solo se nutre de la identidad artística de sus creadores, sino también de una variedad de influencias. La más obvia, claro, es Dr. Insólito o: Cómo Aprendí a Dejar de Preocuparme y Amar la Bomba (Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, 1964). La sátira de Kubrick y Sellers revive en una era en la que Trump pretende apoderarse de Groenlandia, la amenaza de una guerra nuclear permanece latente y aquellos fanáticos que están al frente de la nación más temible son el hazmerreír global cada día. La esencia teatral de la obra remite igualmente al estilo de Wes Anderson ―sobre todo en el primer acto― y al de Terry Gilliam ―el final parece una referencia directa a su filmografía―. Podemos traer a colación el mensaje anticapitalista de Mickey 17 (2025) e incluso la idea central de Una Casa de Dinamita (A House Full of Dynamite, 2025). En suma, se trata de un ejercicio multireferencial en el que incluso la canción con la que ha sido promocionado —”Burning Down the House”, de Talking Heads— contribuye a la construcción narrativa.

Digger, obviamente, soporta todo su peso narrativo en Cruise, quien se entrega al espíritu de Les Grossman ―aquel irreverente personaje al que dio vida en Una Guerra de Película (Tropic Thunder, 2008)― para crear una figura sumamente reconocible y, al mismo tiempo, enigmática. Su desatada interpretación incluye un conjunto de prostéticos y maquillaje en los que desaparece por completo, un monólogo de más diez minutos ―en el que remarca la hipocresia de la sociedad, que critica a las élites pero se deja seducir por la IA alimentándola diariamente― y un grupo de personajes secundarios que lo complementan en distintos sentidos, desde un tímido pero decidido cientifico (Riz Ahmed) hasta un bobalicón presidente (John Goodman) que parece salido de Rick and Morty (2013- ). Mención especial merece Sandra Hüller, que demuestra, una vez más, su versatilidad como la hermana interesada del magnate petrolero.

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Imagen: Legendary Pictures, TC Productions, Warner Bros.

En Digger, la ciencia es desestimada y la narrativa se intenta manipular. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. La película, ciertamente, es tosca y hasta obvia, pero si hay algo que agradecerle a Iñárritu en esta ocasión, es su capacidad de no dejar indiferente a nadie y la posibilidad de disfrutar una pieza original y arriesgada. La sátira aquí construida ofrece una especie de retorcida sanación temporal que supone un reto para un sector de la cinefilia que encuentra en el aclamado y repudiado cineasta por igual la pretensión en su máxima expresión. Si bien no estamos ante su mejor trabajo, Iñárritu se redime después del burdo mea culpa de Bardo y recupera una versión de sí mismo más interesante como realizador al apuntar hacia afuera y no hacia adentro. El agua hierve, pero el arte sobrevive. Es el costo de hacer negocios.

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