En una era en la que la IA ya comenzó a contaminar el cine, la animación hecha a mano parece estar destinada a convertirse en el último refugio de la creatividad. Aardman, así como otros estudios dedicados al stop motion, es un milagro de la industria: un grupo de artistas idealistas que luchan contra la homogeneización cultural —y que no siempre son recompensados en taquilla— con películas en las que el oficio y la pasión son evidentes. Shaun, El Cordero: El Monstruo de Mossy Bottom (Shaun the Sheep: The Beast of Mossy Bottom, 2026), su más reciente esfuerzo, no reinventa este estilo de animación ni construye una narrativa memorable y única; sin embargo, el encanto de sus personajes, su inocencia y sus simples pero divinos chistes resultan suficientes para que tanto chicos como grandes pasen un buen rato siendo testigos de una aventura más de la traviesa oveja y su pandilla.
En esta ocasión, a propósito de las fechas, Aardman apuesta por una historia teñida de ciertos elementos del terror clásico. En suma, se trata de un pequeño homenaje a títulos como Psicosis (Psycho, 1960) y a personajes como el monstruo de Frankenstein, a partir del cual se construye parte de la trama. En ella, en su afán de cosechar calabazas rápidamente para Halloween, Shaun crea un tónico “mágico” que termina, accidentalmente, en la calva del granjero, quien desea volver a tener pelo porque cree que es la única manera de que la veterinaria se fije en él. Así, este se convierte en una bestia peluda cuya existencia no será tolerada por un pueblo aterrorizado. Shaun, el rebaño y el perro Bitzer son los únicos que podrán devolver todo a la normalidad. Curiosamente, estamos ante la segunda película del año sobre unos animales que investigan qué pasó con su dueño tras Las Ovejas Detectives (The Sheep Detective, 2026).

El primer acto se desenvuelve como una película cómica de terror que entrega geniales momentos, que van desde una breve recreación del video de “Thriller” hasta otra de la escena de la ducha en Psicosis. Siempre es grato ver cómo las películas de Aardman consiguen desenvolverse plenamente sin una sola línea de diálogo. El Monstruo de Mossy Bottom no es la excepción. En ese sentido, la comedia física emerge como el lenguaje principal con el que se comunican las ideas, los deseos y las frustraciones de los personajes. Shaun, por ejemplo, falla rotundamente en todas las trampas e inventos que ingenia para atrapar al granjero. Bitzer, como la “voz” de la razón, también protagoniza sus propios instantes cómicos cuando persigue a la bestia sin saber que, en realidad, se trata de su amo.

Quizá el mayor defecto de la película es que, en el segundo acto, el terror se intercambia por la aventura convencional; la persecución genera destrozos en el pueblo y un enorme malentendido pone en peligro al granjero y a sus animales. Hubiera sido sumamente divertido que incorporaran más homenajes y parodias de obras del género. No es hasta cerca del final cuando esto vuelve en forma de un evidente tributo a Frankenstein, que ve a Sheep y a los demás poner en práctica todos sus conocimientos y talentos para salvar el día.
El Monstruo de Mossy Bottom es otro lindo y encomiable esfuerzo de Aardman en el que, como siempre, la representación es parte importante de la historia —entre los habitantes del pueblo hay lesbianas y musulmanes—, un detalle que refleja el panorama cultural y social de la Gran Bretaña de hoy. Y claro, la destreza de sus animadores nuevamente es pieza fundamental para que la película sea un agasajo visual con detalles tan chuscos como tiernos.









