Omar Chaparro es uno de los reyes de la taquilla en México. Sus comedias y melodramas, por más genéricos que sean, logran hacer que la gente vaya al cine, lo cual siempre será saludable para una industria que se enfrenta a tantos obstáculos. Su apuesta fue diferente este año: entrarle a la acción con la producción mexicana más cara de la historia. Habrá que reconocerle sus intenciones de cambiar de aires; sin embargo, el resultado, fuera de ciertas cuestiones técnicas en las que sí se nota el presupuesto, deja mucho que desear. Venganza (2026) es una película que carece de identidad propia; la obsesión de sus creadores por emular las dinámicas y conceptos hollywoodenses impide que esta se dirija hacia algo que realmente podamos identificar como nuestro. No basta con filmar en locaciones famosas para sentir su arraigo en la cultura mexicana.
El guion es el mismo que hemos visto en cualquier película de acción desde hace más de 30 años: un militar de élite cae en una trampa que termina con la muerte de su esposa. Ya recuperado, pone en marcha un plan de —sí, adivinaste— para cobrar venganza y dar con los responsables. Bastan unos cinco minutos a partir de que comienza para saber quiénes son los verdaderos villanos y en qué terminará todo el asunto. Por supuesto, la comparación con la saga de John Wick resulta inevitable. Y hay que aceptarlo: rara vez se ha visto en el cine mexicano un diseño de stunts y coreografías de pelea como las desplegadas aquí. El problema, evidentemente, es que la historia que la acompaña va de lo mediocre a lo lamentable. Que el Capitán “Toro” (Chaparro) pueda comenzar su sangrienta venganza solamente porque se ganó la lotería denota una contundente falta de imaginación en la escritura. Después, el misterio detrás del asesinato de su esposa, relacionado con una red de corrupción en el Ejército, no tiene mucho que ofrecer.

Venganza, además, poco o nada se enfoca en el conflicto interno de Toro, pues lo suyo es simplemente tundir a golpes o balacear al que se le ponga enfrente; el dilema moral de tener que enfrentarse a varios de los suyos y a la institución que lo creó nunca aparece. Los únicos aspectos que el guion toca fuera de la acción son la hermandad y la lealtad; la primera con la amistad entre Toro y su compañero Miguel (Alejandro Speitzer), y la segunda con la forma en que Lola (Natalia Solián) y “Chunco” (Luis Alberti) le siguen incondicionalmente, aunque eso implique darle la espalda al statu quo. Desafortunadamente, estos personajes resultan unidimensionales y vagamente desarrollados. La mayoría tiene cierta presencia en pantalla, sobre todo cuando hay acción o momentos graciosos de por medio, pero los diálogos de una línea evitan que trasciendan narrativamente.
Y aunque la fotografía y los efectos prácticos se conjugan para construir vibrantes secuencias de acción, el sonido no siempre está a la altura, pues si bien el foley convence en general, la mezcla con los diálogos se escucha deficiente; muchos apenas son audibles o no se llegan a entender.

Un poco más de originalidad —una secuencia, por ejemplo, parece sacada directamente de Capitán América y el Soldado del Invierno (Captain America: The Winter Soldier, 2014)— le habría venido muy bien a Venganza, que, por otro lado, se ve empapada de cierto conservadurismo en cuanto a su representación actual de los ciclos de violencia en México. Su intento de no mostrar ninguna postura habla por sí solo.
En cuanto a Chaparro, a pesar de que lo vemos fuera de su zona de confort, tampoco es como que haga algo interesante con ello. Da la impresión de que el director Rodrigo Valdés simplemente trabajó con él una versión medianamente mexicana de Wick y de otros héroes de acción estadounidenses de pocas palabras. Este esfuerzo y Contraataque (2025) demuestran que hay intención de regresar al cine de acción mexicano a una nueva era tomando como base el cine de antaño de los Almada. Lo que hace falta es anclarlo por completo a nuestra cultura, disponer de mejores guiones y elegir temáticas que se sientan pertinentes.









