Películas como Autos, Mota y Rocanrol (2025) demuestran que la comedia mexicana todavía tiene la capacidad de mantenerse fresca evitando replicar las fórmulas de siempre, probando formatos inusuales y sirviendo como vehículo para conocer un poco más sobre nuestra historia. Abordando la realización del casi mítico Festival de Rock y Ruedas en Avándaro, y tomándose bastantes libertades históricas, la cinta echa mano del falso documental para hacer una especie de crónica de su gestación. El resultado es un ejercicio sumamente entretenido que destripa los hechos con mucho humor y que, en el proceso, celebra el poder de la amistad y la pasión por lograr lo propuesto a través de la disparatada aventura de dos soñadores.
J. M. Cravioto y su equipo aciertan con el tono, la estructura y el elenco de su cinta. Alejandro Speitzer y Emiliano Zurita despliegan una muy agradable química como dos tipos de clase media alta ensimismados con organizar una carrera de exhibición televisada, la cual, de la nada, se transformó en el icónico festival de rock, el “Woodstock mexicano”. El falso documental demuestra rápidamente haber sido el recurso narrativo ideal para construir el relato; los chistes cinéfilos, la actitud de los personajes frente a las cámaras y los visuales contribuyen a una muy amena inmersión. Cravioto y sus guionistas evitan la comedia básica para llegar al espectador en general; en su lugar se valen del carisma de sus protagonistas, de lo increíble de los sucesos y de lo inverosímil de diversas situaciones para buscar la conexión con el público.

Autos, Mota y Rocanrol se toma su tiempo para poner en marcha lo que todos vienen a ver; sin embargo, el primer acto tiene varios buenos momentos cómicos, sin mencionar que lentamente nos adentra en este México setentero con un diseño de vestuario y de producción bien logrado en general. La acción, por supuesto, adquiere un ritmo frenético cuando los actos musicales del festival se apoderan de la pantalla; el montaje —que también se vale del material de archivo— resulta fundamental para hacernos sentir que estamos ahí. Si bien algunos momentos con CGI desentonan un poco con los efectos prácticos y demás, la recreación funciona buena parte del tiempo.
Con su representación de la juventud, la película reconoce el evento como un escaparate para la contracultura y la libertad, más o menos como Ang Lee hizo en Taking Woodstock (2009). Cravioto presenta dos personajes que, inadvertidamente, se vuelven referentes de una generación, al menos por un instante. Aunque ajenos a la lucha social dado su estatus, la defensa de lo que creen pronto se muestra en sintonía con la rebelión de la juventud.

Autos, Mota y Rocanrol puede volverse repetitiva en diversos pasajes, y unos cuantos chistes —como el de la presencia de El Brujo en el evento— se alargan más de lo deseado; afortunadamente, la cinta hace un buen trabajo al transmitir el sentimiento de época —incluyendo el temor todavía hacia las Fuerzas Armadas tras lo ocurrido en el 68—, poner referencias a la época por aquí y por allá y colocar en el centro de todo las peripecias que llevan a dos amigos a conocerse más entre ellos y a sí mismos. Este tipo de propuestas son las que recuerdan que se puede hacer algo más que comedia romántica o derivativa cuando hay humor de por medio. Cravioto y su equipo abrazan la esencia de falsos documentales como Proyecto X (Project X, 2012) y This Is Spinal Tap (1984) y hacen lo suyo trabajando algunas de las ideas provenientes de estos con una idiosincrasia muy mexicana.









