En los últimos tiempos, el cine comercial mexicano ha enfrentado una crisis de identidad. La influencia, para mal, del cine estadounidense es innegable. Con bastante capital de aquel país siendo inyectado para producir aquí, no resulta extraño que varias fórmulas de allá sean replicadas constantemente. Basta con ver la gran cantidad de comedias genéricas que aparecen en salas cada mes. El cine de acción no se queda atrás; Venganza (2026), con Omar Chaparro, es una clara muestra de cómo la implementación de conceptos gringos va en detrimento de la “mexicanidad” de una película. Podrá haber buenos valores de producción, pero ¿cuál es el punto de simplemente introducir personajes mexicanos en historias que parecen sacadas de Hollywood? El cine de terror no se queda atrás, y el ejemplo más reciente es Psicopata: El Asesino del Conejo Blanco (2026), un thriller de crimen que se siente como el remake de Longlegs: Coleccionista de Almas (Longlegs, 2024) o de Se7en: Los Siete Pecados Capitales (Se7en, 1995), pero ambientado en México.
El director J. Xavier Velasco y el guionista Fernando Barreda recurren a todos los clichés que uno esperaría ya no ver en una cinta de este tipo: el asesino con mommy issues; la agente investigadora con un turbio pasado; el mentor que tiene una vida de mierda… Con apenas cinco minutos de empezada, podemos identificar la variedad de clásicos de los que este título deriva; además de los ya mencionados, El Silencio de los Inocentes (The Silence of the Lambs, 1991) y la serie Hannibal (2013-2015) conforman la plantilla de la que parten, visual y narrativamente, para adentrarse en temáticas sobreexplotadas y de las que no encuentran ningún ángulo nuevo. La historia se desenvuelve de la forma más predecible, principalmente con un antagonista (Hoze Melendez) que es una copia del Longlegs de Nicolas Cage: su coche, su cabello, la fijación con la madre, su afición por el trabajo artesanal… Y claro, la protagonista (Adriana Llabrés) emerge como una extensión muy básica de las heroínas encarnadas por Jodie Foster y Maika Monroe en sus respectivas películas.

Está claro que el nivel técnico no es el problema: la fotografía y el diseño de producción contribuyen a la creación de la atmósfera tétrica. Las actuaciones, de igual manera, tampoco están tan mal, por más que lo de Meléndez raya en la caricatura —aunque eso habla más de una dirección irregular—. El guion, entonces, no se muestra a la altura de los demás departamentos. En este sentido, vale la pena destacar lo que otros cineastas nacionales han hecho con el terror/suspenso, encontrando en el folclor un terreno fértil para realmente hacer sentir al público que está viendo algo netamente mexicano; Huesera (2022) y Desaparecer por Completo (2022) son dos claros ejemplos de cómo trabajar en estos géneros disponiendo del imaginario mexicano para contar relatos atractivos. Psicópata pretende profundizar su propuesta añadiendo cada vez más elementos, desde un trastorno de identidad disociativo —que, de no estar presente, no cambiaría nada— hasta los crímenes de un pedófilo. Recursos poco originales que sobran.

Psicópata: El Asesino del Conejo Blanco, para ser un thriller, carece de una intriga palpable. Barreda se vale únicamente de un juego del gato y el ratón que parece finiquitado muy temprano, al menos desde el punto de vista intelectual. El aspecto psicológico está muy limitado; la supuesta complejidad de los personajes de Llabrés y de Meléndez se explora superficialmente, sin mencionar que no hay como tal un vínculo que los una, fuera de la clásica batalla del bien contra el mal. De hecho, la película trata al final de justificar todo con un comentario acerca del origen de la maldad en el ser humano, cuyo desarrollo tampoco se percibe por ningún lado, aparte de las obvias escenas de un tipo torturando mujeres y animales. Este tipo de producciones quizá sirvan para atraer público a las salas, pero, artísticamente, no aportan a una identidad cinematográfica nacional a la que no le vendría mal salir de la sombra de su contraparte estadounidense.









