En Kokuho (Kokuhō, 2025), un personaje muy importante para el protagonista, Kikuo (Ryo Yoshizawa), un comprometido actor de kabuki, le pregunta retóricamente: “Para llegar hasta donde estás, ¿a cuántos tuviste que sacrificar?”. La cinta japonesa —el live action más exitoso de la historia en aquel país— explora esta forma de arte desde la búsqueda de la grandeza, sin importar cuál sea el precio a pagar. El cine occidental nos ha regalado algunas notables piezas al respecto —Whiplash: Música y Obsesión (Whiplash, 2014) y Marty Supremo (Marty Supreme, 2025) vienen inmediatamente a la cabeza—, pero hay algo en la visión oriental que va más allá de ser el mejor simplemente porque sí. La película india The Disciple (2020) lo hizo recientemente con la música clásica de esa nación, y ahora Kokuho hace lo propio con el kabuki, ofreciendo de paso un vistazo a las implicaciones sociales de este centenario arte.
Basada en la novela del mismo nombre, de Shuichi Yoshida, la cinta se enfoca en el viaje personal y artístico de Kikuo, hijo de un jefe yakuza que actúa como onnagata —hombres entrenados para proyectar femenidad a través del movimiento y la voz— y que queda desmparado cuando un grupo rival asesina a su padre —en una secuencia inicial que recuerda un poco a la de la La Casa de las Hojas Azules en Kill Bill: Volumen 1 (Kill Bill: Volume 1, 2003)—. En breve, un famoso actor llamado Hanjiro (Ken Watanabe) lo toma bajo su tutela y, a pesar de dónde proviene, comienza a instruirlo junto a su hijo, Shunsuke. La historia comienza en la época de la posguerra y se extiende hasta ya entrado el siglo XXI, por lo que bien podemos hablar de una épica acerca del legado y el sacrificio. El director Lee Sang-il y el guionista Satoko Okudera adentran a cualquier tipo de espectador, sea conocedor o no del kabuki, en los misterios y las severas reglas que lo conforman, incluyendo la prohibición a las mujeres de practicarlo, el hecho de que las posiciones actorales se heredan y el elitismo que lo define. Se trata, por supuesto, de un reflejo mismo de la rigidez al interior de la sociedad japonesa.

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Kokuho presenta el proceso artístico como una travesía dolorosa y extenuante. Las relaciones del protagonista, ya como adulto, se ven afectadas por el compromiso con su pasión, principalmente con las mujeres y con Shunsuke (Ryusei Yokohama); en el segundo acto, su rivalidad se convierte en el corazón de una historia que los retrata a ambos en sus momentos más bajos y altos. Okudera usa los celos, el ego, el mérito y el derecho por nacimiento como las llaves para entender la frustración de un par de jóvenes cuya labor no puede dar tregua a los sentimientos y a las emociones fuera del escenario. Irónicamente, es dentro de este donde todo finalmente se explaya. Resulta particularmente poderosa la secuencia final, en la que los amigos y también compañeros alcanzan una catarsis después de años de separación y conflictos. La representación se vuelve una trágica metáfora de su vínculo, del tiempo perdido y del sacrificio.
La película salta en el tiempo constantemente para abarcar la vida completa de Kikuo y de Shunsuke; esto, en ocasiones, no le viene tan bien a la trama, pues la sucesión de un hecho tras otro recuerda la estructura de una biopic. Por suerte, al final, la mayor parte de estas secuencias cobra sentido con una emotiva conclusión celebratoria no solo de este arte, sino de una improbable relación surgida de sus entrañas. Kokuho se une a títulos como Adiós a mi Concubina (The Hegemon-King Bids Farewell to His Concubine, 1993) en su representación de la conexión tan íntima entre el arte y la vida. Si bien la historia se niega a cuestionar el sexismo que rodea el kabuki, la propuesta de Lee Sang-il y Satoko Okudera se ve elevada por una difícil pregunta: ¿el tesoro nacional —la traducción de kokuho en español— es el arte o más bien quienes se desviven por él? Aunado a ello, el magnífico trabajo de maquillaje —que incluso le valió una nominación al Óscar—, de vestuario y de diseño de producción, así como la sutileza de la cámara para capturar las puestas en escena, absorben al espectador por completo.

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En los últimos instantes de la cinta, Kikuo se enfrenta a su pasado y a lo que perdió. Quien lo encara al respecto, por otro lado, no tarda en reconocer que, después de todo, su presencia en el escenario le llevó a un estado existencial que nadie ni nada más puede. Kokuho, entonces, nos invita a reflexionar: ¿vale la pena sacrificarlo todo con tal de alcanzar el pináculo del arte? He ahí el dilema.









