“¿Por qué le tomas fotos a los muertos?”, le preguntan constantemente a Enrique (Jero Medina) en Ciudad de Muertos (2026), la fascinante nueva película de J. M. Cravioto. El protagonista, por supuesto, es una versión ficcionalizada del icónico Enrique Metinides, emblema de la nota roja en México. Pero eso no es una biopic convencional; en su lugar, Cravioto y el coguionista Bernardo Esquinca pretenden contestar a la pregunta inicial creando una narrativa y construyendo al personaje principal a partir de su obra. Accidentados, asesinados y demás difuntos se reúnen no solo para darle título a la película, sino también para que podamos entender un poco más la relación tan compleja que nuestra sociedad tiene con la muerte, temida y reverenciada a la vez. Se trata de una de las historias más originales y propositivas que el cine mexicano haya entregado en lo que va de la década.
Después de haber recreado el México de los 70 con la muy entretenida y picaresca Autos, Mota y Rocanrol (2025), Cravioto voltea a los 50 para hacer un estudio de personaje alrededor de la mítica figura de Metinides —¡vaya versatilidad!—. Lo que en un principio parece algo como Primicia Mortal (Nightcrawler, 2014) meets Se7en: Los Siete Pecados Capitales (Se7en, 1995), eventualmente se convierte en algo más profundo y único. El guion, afortunadamente, deja las convenciones biográficas para otra ocasión; su interés radica en la muerte y en las implicaciones morales y éticas derivadas del oficio en cuestión. Para ello, podría parecer que el noir era el único abordaje posible —porque, como dice uno de los personajes: “Las buenas películas son de detectives”; el siempre confiable Gerardo Trejoluna aparece como uno—, y es cierto, pero Cravioto y Esquinca van más allá al desarrollar un thriller psicológico que establece un vínculo entre el alma de Enrique, el arte y los fotografiados, a quienes “les saca la verdad”; una última foto para, irónicamente, hacerlos inmortales.

La atmósfera, sin duda, tenía que ser uno de los elementos más importantes de Ciudad de Muertos. La ambientación de época resulta impecable, tanto en diseño de producción como en vestuario —la música, con una gran presencia de violonchelos, aporta lo suyo—, pero la fotografía de Diego Tenorio es la que se lleva todas las palmas. Su trabajo rinde homenaje a la obra de Metinides y, al mismo tiempo, extrapola las imágenes fijas para crear lienzos en movimiento tan bellos como hipnóticos. Tenorio aprovecha las ideas casi surreales que plantea la película para crear una experiencia inmersiva que desorienta e inquieta por igual; un universo expresionista en blanco y negro en el que la ficción sobrenatural y la realidad brutal se mezclan sin previo aviso. Uno de esos casos en los que la estética va de la mano con la narrativa sin opacarla nunca. Tenorio es uno de los fotógrafos de cine más interesantes hoy en día.

Ciudad de Muertos examina la fascinación del mexicano con el morbo: el rol de los mirones en las desgracias. La propuesta, claro, trae a colación Desaparecer por Completo (2022), en la que otro reportero de nota roja, misteriosamente, comienza a perder los sentidos. Aunque hermanadas por el tema, la película en cuestión se desenvuelve en el interior de Enrique, mientras que en la otra vemos la destrucción física del protagonista a través de una trama empapada de folk horror. Ambas, a su manera, representan lo mejor del cine de género mexicano de la última época. Cravioto y Esquinca aciertan al no dejarse llevar por el thriller genérico de asesinos seriales —aunque la presencia de uno en particular desafía las expectativas con su rol en el idilio de Enrique—; el conflicto interno externalizado, con giro de tuerca de por medio, permite ahondar en el costo psicológico de exponerse a la violencia y a lo macabro. ¿Realmente “un muerto sin fotografiar es un muerto olvidado”? El cuestionamiento se convierte en una lucha contra la paranoia y en la que el mundo de Enrique se transforma en una visión sobrenatural de la realidad.









