Cuando Natalia Lafourcade dijo en “Soledad y el Mar” que “Vamos a dejar que el tiempo pare. Ver nuestros recuerdos en los mares”, bro, I really felt that. La ya icónica canción de la cantautora mexicana sirve de preámbulo para Café Chairel (2025), la ópera prima del realizador tamaulipeco Fernando Barreda Luna, quien se inspiró en una película en particular del cineasta japonés Atsushi Fujii para, con él, concebir una historia con la misma esencia, pero con otra dirección. En este íntimo drama con algunos tintes de comedia, la soledad se vuelve el foco de un relato en el que dos individuos sin rumbo encuentran nuevamente propósito cuando sus caminos inesperadamente se cruzan. Si bien la premisa apela a ciertos clichés comunes en obras como esta, una ejecución minimalista pero atractiva involucra al espectador en una dinámica que en instantes llega a ser profundamente familiar.
El trabajo de Barreda Luna se siente, generalmente, como una bocanada de aire fresco, e incluso se asemeja a la sensación de oler y tomar un buen café por la mañana en completa paz. La trama sigue a Alfonso (Mauricio Isaac), un hombre solitario de Tampico que abre improvisadamente un café de especialidad en una derruida casa que acaba de comprar. Por azares del destino pasa por ahí Katia (Tessa Ia), una jovencita visiblemente enojada con la vida que, eventualmente, termina trabajando ahí de mala gana. Lo que viene a continuación es un drama contenido sobre perdonarse a uno mismo y hallar la manera de permitir que el dolor nos deje vivir. Lo que aqueja a estos personajes no es revelado desde el comienzo; en su lugar, Barreda Luna y Fujii —cuya influencia en la escritura se nota en un espíritu que invariablemente nos dirige a Días Perfectos (Perfect Days, 2023) tanto en lo visual como en lo narrativo— poco a poco van dejando al descubierto la pena que les acongoja.

La frescura, además, proviene de la propia locación; Barreda Luna ofrece un bello recorrido, pero nunca idealizado, de Tampico, cuyos callejones, malecones, vías de tren y calles desiertas complementan el estado de ánimo de la película. La fotografía de Eduardo Servello también se luce en interiores, principalmente en la casa que sirve como café; la textura de sus viejas habitaciones y la paleta de colores aluden a un tiempo detenido y a una abrumadora nostalgia. En ese sentido, el diseño de producción —a cargo de Santos Moncayo— resulta fundamental para acentuar la inmersión en un espacio con sus propias emociones, convirtiéndolo inevitablemente en un personaje con su propio arco de transformación. Tanto Alfonso como Katia hallan en él tanto un refugio como un recordatorio de que hay que seguir adelante.

Café Chairel podría entenderse como la Corina (2024) de este año: un ejercicio de aparente simpleza que pone a los protagonistas en una situación emocionalmente delicada, y cuyo viaje de autodescubrimiento se convierte en la única posibilidad de volver a sonreír, aunque sea por un momento. La cinta, por supuesto, está lejos de ser perfecta. Barreda Luna y Fujii muestran algunos problemas para manejar el origen del conflicto interno de ambos personajes; la introducción de un tercer sujeto (Leo Deluglio) —con un giro que no termina de convencer— se siente forzada, sin mencionar que su belleza física desentona con lo propuesto anteriormente. Es verdad, igualmente, que las actuaciones principales no son tan poderosas como cualquiera esperaría en este tipo de trabajos; sin embargo, la química entre Isaac e Ia resulta suficiente para que la historia funcione. La música exageradamente melodramática y un final algo predecible tampoco ayudan, pero no hay duda de que el director deja una buena impresión haciendo palpable el dolor y la frustración de dos personas que encuentran en la soledad de la otra una razón para intentarlo de nuevo.









