Crítica – Amarga Navidad: el cine del yo

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En la tan genial pero al mismo tiempo insufrible secuencia final de Amarga Navidad (2026), la asistenta Mónica (Aitana Sánchez-Gijón) tiene una acalorada discusión con el director Raúl Durán (Leonardo Sbaraglia); este ha incluido en su nuevo guion un suceso sensible que parece inspirado en una dolorosa vivencia de la primera. “Estás siendo complaciente contigo mismo”, señala a quien también podría ser Pedro Almodóvar; de hecho, con el peinado y el vestuario del actor argentino, no cuesta mucho trabajo descifrar que estamos ante un avatar del icónico cineasta español. De alguna manera, Almodóvar entabla una conversación no con el espectador ni con su obra, sino consigo mismo. Suena a catársis, pero esto no podría estar más alejado de la realidad, ¿o será de la ficción? En su nueva película, Almodóvar pone en marcha un cine del yo: una autoficción por momentos insoportable en la que da la impresión de que solo se trata de un ejercicio de autoadulación.

En la secuencia en cuestión, Mónica parece convertirse en un personaje rebelde dentro de la narrativa de Durán/Almodóvar, pero no es más que una artimaña para subrayar el supuesto ingenio del director escribiendo este guion, que, vamos, claro que contiene algunos cuestionamientos interesantes sobre el poder de la ficción; pero cuando vemos a la mujer enumerando los premios que ha ganado el realizador y recordandonos lo mucho que Netflix deseaba trabajar con él, resulta complicado soportar tal dosis de egocentrismo. Alejandro González Iñárritu aprendió a la mala con Bardo, Falsa Crónica de unas Cuantas Verdades (2022); su autoficción es visualmente estimulante, pero ensimismada en su “sufrimiento” como artista privilegiado. Los conflictos a los que Durán se enfrenta en esta película, además del que sostiene con Mónica, tienen que ver con un novio al que no hace caso y propuestas millonarias para dar pláticas en festivales de países que tratan de blanquear su imagen con expresiones artísticas extranjeras. El chiste, en verdad, se cuenta solo.

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Imagen: El Deseo, Pathé, Movistar+, Film Factory Entertainment

Lo más intrigante del asunto es que Almodóvar ya había hecho su autoficción no hace mucho con Dolor y Gloria (2019), infinitamente más auténtica y entretenida que esta. Por supuesto, la interpretación de Antonio Banderas es uno de sus mayores atractivos, pero en ella se percibe también a un director más humilde y en una auténtica búsqueda de catarsis. Es como si, en esta ocasión, Almodóvar se estuviese repitiendo a sí mismo, aunque ahora en un tono casi autoparódico. Hay fragmentos que parecen tal cual copiados de aquella e insertados de forma forzada en la trama de esta. Hay un momento musical, por ejemplo, en el que la cantante Amaia surge de la nada para cantar una canción que lleva al borde las lágrimas a los protagonistas de la metaficción. El instante viene, claro, de la escena en la que Rosalía canta con unas lavanderas junto al río. La pérdida, igualmente, es un tema que enlaza ambas, pero en Amarga Navidad el concepto solamente se cuenta con una subtrama protagonizada por Milena Smit que no conduce a ningún sitio —y que solo pretende invocar a Bergman porque sí—. Como Aarón Rodríguez menciona en su crítica, realmente no sabemos por qué de muchas cosas en esta película, y no por un tema de ambigüedad, sino porque Almodóvar está tan preocupado en sí mismo —y en que sean los logos de las marcas de lujo en la ropa que visten algunos personajes— que se olvida de lo demás.

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Imagen: El Deseo, Pathé, Movistar+, Film Factory Entertainment

Aun así, hay algo pertinente en la metaficción que, después de todo, justifica ciertas decisiones narrativas. La secuencia final arroja varias preguntas acerca de las implicaciones morales de llevar la realidad a la ficción: la vampirización del dolor ajeno para crear. Como dice un personaje al principio: “la realidad acaba colándose”. Este dilema, sin duda, pone sobre la mesa los límites del poder de la ficción. Quizá cuando esta molesta es que está cumpliendo su cometido, porque “el cine tiene algo de premonitorio”. Es una pena que los diálogos grandilocuentes —con locuciones latinas incluidas— lleven la cinta hacia un terreno más parecido al de Madres Paralelas (2021) que al de La Habitación de al Lado (The Room Next Door, 2024). Lo demás es el típico Almodóvar que, a estas alturas, comienza a sentirse como una repetición: tonos verdes y rojos contrastados en el cuadro; un pulcro diseño de producción y Chavela Vargas por aquí y por allá. Tanto a Durán como a Almodóvar les hace falta un descanso.

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