Pixar, al igual que Disney, se ha visto inmersa en una crisis creativa, la cual le hizo dar marcha atrás en su idea de no hacer secuelas. Con nuevas entregas de Toy Story, Coco y Los Increíbles en el horizonte, la chispa del estudio parece extingurise poco a poco. Es cierto que no ha olvidado las ideas originales ―ahí están Luca (2021) y Red (2022)―, aunque lo más reciente en este sentido no ha conseguido generar la expectativa de antes. Elio (2025), pobremente promocionada, emerge casi condenada. Pero, a diferencia de Soul (2020) y Red, que, a pesar de haber sido privadas de la pantalla grande inicialmente, dejaron huella con emotivas historias sobre la naturaleza humana en sus distintas etapas, poco hay en ella que trascienda lo anecdótico y lo mínimo que se espera de un producto de Pixar.
Elio se centra en uno de los cuestionamientos que más nos hacemos como especie: ¿realmente estamos solos en el universo? La pregunta obsesiona al pequeño protagonista como a cualquiera, pero también a un nivel emocional. Inicialmente, la metáfora que presenta la película alrededor de la soledad y ese vacío del que parece muy difícil salir promete tanto un viaje de autodescubrimiento como una épica espacial inspirada en Contacto (Contact, 1997). Sin embargo, en ambas se queda a medias, primero porque la emoción que proyecta no tiene el peso necesario para mover al espectador, y luego porque la aventura en la que se embarca el héroe en cuestión se siente bastante genérica. No es nada que no hayamos visto antes.

El guion de Julia Cho, Mark Hammer y Mike Jones se nota poco inspirado, principalmente, cuando la agencia de Elio se centra en ayudar por igual a un tirano y a una especie de organización política extraterrestre. Ninguno de estos personajes es particularmente interesante; de hecho, sus diseños son muy irregulares. Por momentos pareciera que estamos en el universo de Lightyear (2022), y en otros en el de Soul. Lo abstracto choca con lo convencional de una manera no muy convincente. La cinta se vuelve más interesante cuando explora la parte más conceptual, como aquellas escenas en las que una computadora líquida más o menos pone sobre la mesa las reglas del juego, que casi no terminan por importar en la trama. Aunado a ello, la introducción de la especie alienígena villanesca se acerca a lo repetitivo y a lo más básico de ciencia ficción fantasiosa.
Más adelante, la relación entre Elio y Glordon, el hijo del antagonista que se niega a seguir el camino de su padre, pretende convertirse en uno de los ejes de la historia. Glordon es un personaje curioso, y aunque está lejos de ser memorable, el contraste entre sus tiernas actitudes infantiles y su temible aspecto alimenta un poco la comedia y la extrañeza del emparejamiento con el joven terrestre. Desafortunadamente, en el tercer acto queda relegado por un giro de la trama, y el desenlace de su arco no resulta tan satisfactorio al caer en lo predecible. Aun así, los símiles entre ambos protagonistas construye un simple pero lindo discurso acerca de encontrar a otros inadaptados que nos hacen sentir vistos en medio de la vastedad del universo.

Es triste aceptarlo: Elio quedará como otra película de Pixar que pasa sin pena ni gloria. Si bien los más pequeños encontrarán cierto atractivo en los colores del cosmos y la comedia, los adultos no tendrán mucho con qué sentirse identificados en esta ocasión, pues el papel de la tía de Elio ―que recuerda a las tribulaciones que enfrenta Nani en Lilo y Stitch (Lilo & Stitch, 2002)― se siente forzado, principalmente la subtrama que encabeza cuando su sobrino desaparece. Con argumentos narrativos medianos y personajes que parecen más apropiados para un entorno televisivo ―donde pixar ya demostró que los experimentos dan interesantes resultados con Ganes o Pierdas (Win or Lose, 2025)―, el filme se percibe como uno que va a la segura, dejando de lado el ingenio que caracterizó por tanto tiempo a Pixar. El problema para Disney es que la taquilla no le acompañará ahora, como con Intensamente 2 (Inside Out 2, 2024) el año pasado.









