En un drama familiar convencional, la tensión, los secretos y la discordia suelen ser el motor narrativo. El desarrollo de circunstancias trágicas traen un nuevo orden en el que cada uno de los involucrados moverá sus piezas para conseguir lo que quiere o afrontar el conflicto. Caos y una desintegración emocional vienen a continuación. Pero si estamos hablando de la cultura oriental, precisamente del Japón, las cosas pueden ser muy distintas. En Nuestra Pequeña Hermana, el aclamado director Hirokazu Koreeda, aborda el deceso de un padre poco ordinario de la manera más gentil, esperanzadora y ecuánime posible. Si bien estamos hablando de un movimiento importante en la dinámica familiar de las hijas protagonistas, la manera en que lidian con esta pérdida nos deja una profunda sensación de calma y satisfacción.
Lo anterior nos lleva reflexionar acerca de la moral de las protagonistas. A pesar de que Sachi se ha involucrado en lo que podría definirse como un acto inmoral y hasta cierto punto bajo, la connotación que se la da al mismo nunca es presentada como tal. La mujer es buena y compasiva, pero se ha dejado llevar por la naturaleza humana y una pasión difícil de controlar. Sorpresivamente, esto le ha permitido más o menos entender la actitud de su padre, no justificarla de ninguna manera, más bien comprender que la búsqueda de la felicidad a veces nos arrastra a lugares prohibidos e irresistibles. Por ello, su relación con la madre no es la mejor de todas. El hecho de que culpe por completo al difunto del final de su relación y se exima de toda culpa la irrita demasiado. Sachi también podría estar equivocada, pero Koreeda simplemente nos deja observar e interpretar por nuestra cuenta.
Con Nuestra Pequeña Hermana, Hirokazu Koreeda vuelve a demostrar que es un maestro de las emociones, la paciencia y la narrativa a pesar de prescindir de cualquier tipo de tensión. Si bien su nueva obra no tiene el mismo dramatismo que la anterior (porque en realidad no lo necesita), resulta imposible no enamorarse de las protagonistas y empatizar de lleno con ellas. Podemos oler su comida, podemos entender sus decisiones, podemos reírnos y llorar con ellas. Su vida e interacción familiar nos recuerdan el lado más valioso del amor fraternal, algo con lo que todos podemos identificarnos.










