En octubre de 2009, Javier Chococar, miembro de la comunidad Chuschagasta en Tucumán, Argentina, fue asesinado mientras defendía sus tierras de sujetos que clamaban que eran de ellos. Todo quedó grabado en un video de baja resolución. Fue hasta 2018, nueve años después de lo ocurrido, tras un juicio mediático, cuando la Corte Suprema de la Nación finalmente condenó a prisión a los tres culpables. La influyente cineasta argentina Lucrecia Martel documentó el proyecto —invirtiendo 14 años de su vida— para dejar un testimonio audiovisual de cómo el sistema sigue favoreciendo el colonialismo y el despojo de lo poco que les queda a los pueblos originarios. Se trata de un caso que refleja lo que pasa en América Latina entera, y la realizadora argentina lo trabaja con un acercamiento muy humano y un verdadero interés por entender la lucha de un pueblo indígena no solo por el espacio que habitan, sino por su propia existencia.
Nuestra Tierra (2025), básicamente, se divide en dos: la parte del drama judicial y la meramente documental, que ofrece un retrato íntimo de quién era Javier, de los habitantes de su comunidad y de lo que implica para un indígena argentino —y en toda la región— tener que pelear por sus derechos en la ciudad, que se niega a reconocerlo en todo sentido, desde lo social hasta lo jurídico. El primer trabajo de este tipo para Martel parece nutrirse de la obra de otras documentalistas latinoamericanas, especialmente de Tatiana Huezo; ambas evitan la explotación y el aprovechamiento del dolor, y en su lugar miran de frente a sus sujetos para entender desde su cotidianidad la problemática que enfrentan. Fotografías viejas, recuerdos, anécdotas, frustraciones personales, alegrías y creencias construyen una visión muy completa de los Chuschagasta.
Por otro lado, con las escenas grabadas en el juicio, Martel deja al descubierto las fallas de un sistema jurídico cuando hay que garantizar los derechos indígenas. Los testimonios de los imputados, además, exhiben una realidad alterada y sumamente inquietante; uno de ellos afirma que no existe tal cosa como la desigualdad, mientras que otro, en un careo, tergiversa los hechos frente a uno de los testigos. La presencia de Martel incluso es referenciada dentro de la propia película: una integrante de la defensa declara que la filmación hará del caso un “circo”, desligitimizando a priori la labor cinematográfica. Martel, en realidad, se aleja por completo del aparato convencional asociado con el true crime que las plataformas de streaming han popularizado; su propósito es dejar que todos los involucrados hablen y armar las piezas para llegar al fondo del asunto, que se remonta incluso a mucho tiempo antes del asesinato.
Nuestra Tierra recuerda a la maravillosa y profundamente trágica película mexicana La Reserva (2025), que, a pesar de ser ficción, echa mano de ciertos elementos del documental para que no olvidemos cómo la violencia está despojando a los indígenas de sus tierras y orillándolos a una vida urbana que los exprime y luego los desecha. El fenómeno, de nuevo, es regional. Martel deja una gran impresión como documentalista mostrando una sensibilidad notoria para retratar la decadencia legal, lo implacable de la mentalidad colonialista y la desolación de un pueblo cuya identidad está siendo borrada poco a poco. Cuando un Chuschagasta enuncia que “El mismo Dios en el que creemos está en contra nuestra”, queda finalmente claro el porqué de las constantes y solemnes tomas con drones que la directora emplea. Esa mirada omnipotente y amenazante a la que se les enseñó a los nativos a temer desde la Conquista. No es casualidad entonces que en el juicio se les cuestione a los imputados y a los demandantes si creen en él.









