Crítica – The Moment: Charli XCX reflexiona sobre su propia relevancia

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Charli XCX se hizo una superestrella con el álbum brat, que, además de tener hit tras hit, se volvió instantáneamente icónico gracias a una simple pero efectiva campaña de mercadotecnia. El llamado “brat summer” se convirtió en un fenómeno que permanece en el imaginario de la cultura popular hasta el día de hoy. Como todo en la actualidad, el impacto está destinado a esfumarse, lo que, inevitablemente, llevó a la cantante y su equipo a preguntarse: “¿Y ahora qué?”. La respuesta, tanto en el plano ficticio como en el real, es The Moment (2026), un falso documental en el que Charli se replantea su existencia como artista de una forma satírica muy en la onda de This Is Spinal Tap (1984), aunque con un claro acercamiento Gen Z. Y aun cuando la falta de compromiso con el género y de un mejor guion afecta la idea en general, hay una serie de preguntas acerca de la integridad como artista y como persona que ofrecen una curiosa mirada al día a día del precio de la fama.

Charli interpreta una versión ficticia de sí misma en un universo en el que el brat summer ha concluido y la cantante se prepara para una gira de arenas. Pero la presión de hacer una película de concierto —para extender todavía más el fenómeno cultural— pronto les cobra factura a ella y a su equipo. A primera vista, el falso documental parecía el recurso indicado para construir esta narrativa que se mueve entre la realidad y la ficción. Sin embargo, el director Aidan Zamiri y el coguionista Bertie Brandes no se muestran muy creativos; el dispositivo cinéma vérité que sigue a todos lados a la protagonista no es aprovechado al máximo y buena parte del tiempo no tiene razón de ser dentro de la historia. Aunado a ello, la mayoría de los personajes caen en los clichés de los dramas musicales: la cruel directora de la disquera, el torpe asistente, el amigo facilitador…

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Imagen: 2AM, Studio365, Good World Company

Charli apunta a algo parecido a lo que Joaquin Phoenix hizo en I’m Still Here (2010), en la que vemos al popular actor “dejar su carrera” para convertirse en cantante de hip hop. Aquel ejercicio fue más elaborado, tratando de hacer creer al público que Phoenix en realidad estaba retirándose del medio; aquí, por suerte, Charli se esfuerza creando un personaje más creíble alrededor de su propia figura, lo cual funciona en los instantes de mayor intimidad. La ansiedad que proyecta es palpable y deja al descubierto una frustración real sobre lo que implica tener que lidiar con egos en una industria tan voraz como la de la música. Esta honestidad que intenta transmitir tiene un extraño contrapeso en la presencia de Alexander Skarsgård, quien interpreta al impertinente director encargado de la filmación del concierto. Su exagerada actuación es incómoda, pero la teatralidad que lo define rompe por completo con la ilusión del falso documental. Cameos de personalidades como Kylie Jenner y Rachel Sennott pretenden llevar de nuevo a un terreno reconocible, pero sus contribuciones son más superficiales —parecen anuncios de su propia persona— que cualquier otra cosa.

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Imagen: 2AM, Studio365, Good World Company

The Moment, por supuesto, intenta hacer un comentario sobre lo efímero del éxito y la necesidad de reinventarse constantemente para mantenerse en la conversación mediática. El momento no puede terminar, o al menos eso es lo que la industria reclama. Donde la película definitivamente acierta es con un final sumamente pesimista acerca del control corporativo de las propuestas artísticas y su eventual estandarización para hacerlas más accesibles a todo tipo de públicos y canales —las similitudes con cierto tour masivo son innegables—. De igual manera, el tema de la salud mental —que recuerda a Sonríe 2 (Smile 2, 2024)— no pasa desapercibido. Si tan solo Charli y su equipo hubieran podido concretar una ejecución más interesante para sostener esa exploración sobre la frustración en medio del éxito y lo impersonal y solitario que se siente estar en la cima. Si bien estamos ante un relato definitivamente más sustancioso y bastante menos egocéntrico que el de Hurry Up Tomorrow (2025), queda la espina de que esto pudo haber tomado más riesgos para dar un golpe en la mesa.

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