No hace mucho, Brady Corbet y Mona Fastvold entregaron su obra maestra: El Brutalista (The Brutalist, 2025). Su épica sobre el sueño americano mostraba, por medio de la vida y la obra de un arquitecto judío ficticio proveniente de Hungría, el lado más podrido de los cimientos de lo que hoy conocemos como Estados Unidos. Ahora, la pareja está de vuelta con una biopic como tal acerca de Ann Lee, líder de la secta shaker, conocida por sus comportamientos extáticos durante sus servicios religiosos y por creer en la segunda venida de Cristo, pero en forma de mujer. Se trata de un drama histórico que echa mano de elementos muy cercanos al musical para involucrar al espectador en la relación que tenían sus creyentes con los bailes y los cánticos. El resultado es por demás deslumbrante en lo audiovisual, aunque en lo narrativo se queda corto, si tomamos en cuenta que estos dos cineastas nos regalaron una de las películas más fascinantes en lo que va de la década con ese tratado alrededor de la perversión de ideales con los que se fundó una nación entera.
El Testimonio de Ann Lee (The Testament of Ann Lee, 2025) condensa en poco más de dos horas la vida de Lee, y es aquí donde surgen unos cuantos problemas. La historia va de un punto a otro rápidamente, coqueteando peligrosamente con la fórmula de la biopic de Wikipedia que tanto daño le ha hecho a este tipo de películas. Da la impresión de que había mucho más para escarbar y mostrar acerca de la muy interesante existencia de la protagonista, que incluye encarcelaciones, un viaje transatlánico —una similitud evidente con El Brutalista—, persecución, una relación marital compleja —no se indaga demasiado en el conflicto carnal con su esposo (Christopher Abbott), quien, eventualmente, queda a la deriva— y una férrea defensa de su fe. Esto, igualmente, va en detrimento del desarrollo de Lee, que no pasa de la superficie; si bien es cierto que, en esta ocasión, no había intención de un estudio de personaje como en El Brutalista, la figura de Lee se siente buena parte del tiempo como un espíritu deambulante, sobre todo en los actos que tienen lugar en América. Se entiende su vinculación con el aspecto espiritual del relato, pero la falta de matices en su caracterización le resta atractivo.

Por supuesto, Amanda Seyfried hace su parte con una muy buena actuación, principalmente durante los números musicales. La estadounidense muestra un compromiso total, convirtiéndose casi siempre en el corazón de los llamativos bailes que vemos en pantalla. El frenesí al que se entrega es contagioso. Y claro, mucho tienen que ver las coreografías de Celia Rowlson-Hall —que ya había trabajado con Corbet en Vox Lux: El Precio de la Fama (Vox Lux, 2018)—; la ejecución de los actores es brillante, y los movimientos cumplen con creces su hipnótico objetivo. William Rexer los captura con tomas muy interesantes, sobre todo las cenitales, que muestran movimientos coordinados de un carácter catártico. Y tampoco podemos dejar fuera la música de Daniel Blumberg, cuyos himnos apelan a la comunión y a la pasión de la comunidad shaker —aunque no todas las composiciones funcionan, como una que cantan los hombres del culto mientras buscan una tierra para asentarse en Estados Unidos—. El montaje tampoco se queda atrás. Destaca una secuencia musical a bordo de un barco en la que la sucesión de imágenes resulta fundamental para expresar el fervor de los creyentes y el riesgo de su viaje físico y metafórico. Técnicamente, estamos ante un ejercicio casi impecable.

Mención aparte merece Lewis Pullman, quien nos regala el personaje más profundo del relato: William, el hermano de Lee. Su constante duda y su rol como misionero otorgan esa humanidad que no vemos del todo en Lee.
El Testimonio de Ann Lee observa la máxima extrema de los shakers referente al voto de castidad, pero se rehúsa a explorar la faceta más oscura de la secta. Fastvold y Corbet, de hecho, optan por una mirada no juiciosa del movimiento, resaltando incluso su naturaleza relativamente progresista y feminista ante el violento conservadurismo de la Iglesia cristiana como institución y una sociedad anglosajona orgullosa de su estructura esclavista. Aunque el discurso de castidad en lugar de castigo para alcanzar la salvación de los shakers es cuestionado con poco ahínco, la trama compensa esta omisión con una historia basada en la búsqueda del propósito y la defensa de la fe, por más radical que sea, por más radical que sea en un territorio hostil —que recuerda en cierta medida a la apabullante Godland (2022)—: “Un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar”.









