Tras haber dado bastante de que hablar entre la cinefilía mexicana con Ok, Está Bien (2020), la directora Gabriela Ivette Sandoval y el comediante/actor/guionista “Tío Rober” están de vuelta con Una Pregunta Ridículamente Fácil (2026), que, como su autodenominado poco atractivo título lo indica, cuestiona, irónicamente, nuestra capacidad para cuestionarnos: ¿qué queremos realmente en la vida; ¿somos felices haciendo lo que hacemos?; ¿por qué no podemos ser felices? Apelando nuevamente a una dinámica Woodyallenesca, pero con una suerte de absurdo de por medio, el dúo construye algo así como una comedia romántica existencialista cuya intimidad resulta familiar. Aunque técnicamente limitada y no tan divertida como su esfuerzo anterior, la película utiliza el humor negro para explorar la salud mental, la complejidad de las relaciones humanas y nuestra siempre incensante necesidad de autodestruirnos.
Sandoval y el Tío Rober se internan de lleno en la metanarrativa para contextualizar su relato, que comienza con la misma directora asistiendo a una junta con la distribuidora que se encargará de mover su película. Tres tipos odiosos le sugieren tonterías y no tardan en menospreciar lo que ella representa, e inmediatamente después comienza a ver el material junto al espectador, en el que una joven mujer llamada Andrea (Ana González Bello) le cuenta a un conocido la relación que entabló con Miguel (Tío Rober), un sujeto “gordo y feo” con tendencias suicidas; y es en este nivel donde transcurre la mayor parte de la historia. El guion del Tío Rober denota un avance en su habilidad como escritor al mover distintos personajes en diferentes tiempos y espacios. Aunque no tan intricada como pareciera, este ir y venir entre los niveles de la narrativa le aporta cierto dinamismo al dispositivo.

Si bien es cierto que el Tío Rober utiliza el humor como caballo de Troya para abordar aspectos serios sobre la condición humana, en esta ocasión, los chistes no son tan finos como en Ok, Está Bien. Quizá era la carga cinéfila de aquella, pero la comedia negra —problemática para algunos— daba en el clavo la mayor parte del tiempo. Ahora, no todos los chascarrillos aterrizan de la mejor manera y unos cuantos rayan en lo básico. Afortunadamente, la inclusión del personaje de Natalia Saltiel, cuyo caso extremo representa un giro disparatado pero bienvenido para la trama, da pie a una serie de situaciones que llevan al espectador hacia una duda acerca de si reírse o no de lo que está viendo. La incomodidad está ahí, y eso, de nuevo, es un acierto del guion, que supera cualquier corrección para internarse en temas delicados y sacar algo valioso de ello, más allá de las risas del público.
Una Pregunta Ridículamente Fácil se mueve entre lo ordinario y lo poco convencional para hablar del amor en tiempos de confusión y caos. Y si hay una cosa que reconocerles a Sandoval y al Tío Rober es su capacidad para levantar un proyecto independiente por segunda vez, que no es tan fácil que suceda en México. Sus señalamientos de los enormes obstáculos para quienes quieren hacer cine, aunque no tan filosos como uno esperaría, sí vuelven a poner sobre la mesa los criterios que se utilizan para definir qué historias valen la pena mostrar y cuáles no. En una era en la que comedias simplonas y repetitivas aparecen en la pantalla grande una y otra vez, vale la pena darle la oportunidad a un trabajo más propositivo y cercano a nuestra dolorosa realidad.









