La Reserva (2024) retrata el México que amamos, pero también el que tememos y el que, definitivamente, estamos perdiendo. Mientras nuestras reservas naturales sucumben ante la contaminación y la actividad humana ilegal, los campesinos son explotados por las grandes empresas, y el crimen organizado continúa extendiendo sus tentáculos por todos lados, la sociedad en general no tiene más remedio que hacer de la vista gorda o esconderse. No hay más. Con su ópera prima, Pablo Pérez Lombardini construye un relato anclado casi en el documental para mostrarnos que, a pesar de tener todo en contra, hay quienes todavía se atreven a oponer resistencia, aunque eso signifique poner en peligro su existencia. He aquí la película mexicana más importante del año, que con economía visual y un mensaje urgente, nos suplica que abramos los ojos ante lo que está ocurriendo en las áreas protegidas del país.
La cinta desarrolla una historia simple en apariencia: Julia (Carolina Guzmán), guardabosques de la reserva Monte Virgen en Chiapas, descubre la presencia ilegal de talamontes, por lo que alerta a sus compañeros ejidatarios. Aunque renuentes al principio a hacer algo, velando por su propia seguridad, los pobladores asisten a Julia, lo que, eventualmente, desencadena una serie de terribles eventos que cambian su vida para siempre. En una nación en la que activistas ecológicos son asesinados por defender especies en extinción o territorios protegidos —ahí está el documental El Guardián de las Monarcas (2024)—, este tipo de trabajos resultan fundamentales para dimensionar lo que está en juego. Pérez Lombardini construye su obra casi como un documental, empleando actores no profesionales —Guzmán, por ejemplo, es una biólogo que en un comienzo fungía como consultora para la producción— y filmando, prácticamente, su día a día, para evitar que el artificio desvíe la atención de lo verdaderamente importante —la secuencia de la cosecha y molienda del café es indiscutiblemente envolvente—.

Con un solemne blanco y negro, una dirección sobria pero altamente efectiva y un guion que aprovecha cada uno de sus escasos diálogos al máximo, La Reserva emerge como un notable ejercicio de construcción dramática conectado de principio a fin a la realidad. Pérez Lombardini filma con respeto y nunca desde una mirada explotadora; su interés genuino está en la dinámica cotidiana de una comunidad dedicada a la cosecha de café y los diversos obstáculos que enfrentan para sobrevivir, desde intermediarios abusivos hasta cárteles violentos. Hay algo de la obra de Astrid Rondero y Fernanda Valadez en el filme: una exploración profunda de cómo la sombra del crimen organizado ha modificado la vida de sus víctimas colaterales, como vimos en Sujo (2024) no hace mucho. He aquí un retrato muy real y para nada morboso de la violencia sistemática que rige México. “¿Y dónde está el gobierno?”, le pregunta una anciana a Julia cuando esta la confronta para que ella y los demás talamontes se vayan. En estas líneas, Pérez Lombardini levanta la voz.
La Reserva examina también de forma orgánica el problema del desplazamiento forzado en comunidades indígenas. En la segunda parte de la película, Julia y su familia tienen que irse de su casa, y eventualmente, se establecen en la ciudad, donde otro tipo de sistema comienza a devorarlos. Las escenas enfocadas en la madre de la protagonista (Verónica Ángel) son particularmente desconsoladoras por la imposibilidad de adaptarse a lo artificial y a lo superficial —una triste ironía, con un anuncio sobre productores de café en un centro comercial al que asisten, se hace presente—. La otra cara de la moneda está en la historia de Gerson (Abel Aguilar), el compañero más cercano de Julia que termina absorbido a la fuerza por la sombra que se posa sobre ellos —un tratamiento que recuerda a Sin Señas Particulares (2020). Pudiera parecer que la trama se acerca peligrosamente al miserabilismo, pero la seriedad del proyecto y el compromiso del director evitan que se mueva hacia ese territorio.

La cinta complementa el visionado de, por ejemplo, El Territorio (The Territory, 2022), imperdible documental internacional sobre unos indígenas que utilizan la documentación como arma para defender el Amazonas. La Reserva se une a títulos como Noche de Fuego (2021) y Ya No Estoy Aquí (2019), que muestran cómo los más vulnerables se convierten rápidamente en carne de cañón o en los mismos perpetradores cuando las olas de violencia pegan con fuerza. La Reserva puede verse, prácticamente, como una película de terror —una llamada de extorsión real integrada en la historia cala muy hondo—: la desesperanza nacida de la frustración; la indiferencia de los demás; y la inacción de las autoridades. “¿Qué le quieren dejar a sus hijos?”, pregunta nuevamente Pérez Lombardini a través de una estoica pero también indefensa Julia. Con un país pudriéndose por dentro y por fuera, el futuro no luce prometedor.









