En Sueños de Trenes (Train Dreams, 2025), un hombre ordinario contribuye con sangre y sudor a la expansión y modernización de una nación cuya idea de progreso no incluye todo ni a todos. Mientras trata de ganarse el sustento para mantener a su nueva familia, Robert Grainier (Joel Edgerton) convive con la muerte, el abuso, el racismo y la absoluta desesperanza. Pero nada de esto importa, porque el incipiente “sueño americano” está a la vuelta de la esquina; y así como en el Libro de Job, Robert es puesto a prueba. La pérdida y la desolación, los mismos cimientos del país, sacuden a un hombre bueno sin más remedio que tener que empezar de nuevo. He aquí una película reflexiva que se desenvuelve casi como un cuento; una celebración, por más efímera que sea, de la vida después de la tragedia. Sin duda, uno de los títulos más auténticos que Netflix ha presentado en los últimos años.
Clint Bentley y Greg Kwedar se han caracterizado por sus estudios de personaje alimentados de humanidad y compasión. Con Jockey (2021) y Las Vidas de Sing Sing (Sing Sing, 2023), estos cineastas han demostrado su pasión por personajes que encuentran en el autodescubrimiento una razón más para seguir viviendo. Ahora, con Sueños de Trenes, basada en la novela corta de Denis Johnson, Kwedar coescribe y Bentley dirige un ejercicio más ambicioso, pero con la misma intimidad que sus proyectos anteriores. Como un western con una profunda inspiración malickiana, la película nos remonta a principios del siglo XX para acompañar a Robert en una épica silenciosa que, en cierta manera, recuerda a la de László en El Brutalista (The Brutalist, 2024); pero, a diferencia de la magna obra de Brady Cobert, Sueños de Trenes opta por un enfoque en una construcción más contemplativa, menos oscura y más accesible.

Todo el peso de la narrativa recae en Edgerton, que ofrece una de las interpretaciones más emocionantes de su carrera como un obrero de la tala de bosques cuyo único objetivo es reunir suficiente dinero para sostener a su hija y esposa (una Felicity Jones en un papel menor cuya puntual apacibilidad compensa la brevedad del mismo). Bentley y Kwedar apelan al estoicismo absoluto para diseñar a su protagonista, mientras que Edgerton lo hace palpable con devastadores silencios, miradas al vacío e intercambios escuetos con personajes efímeros, pero cuya aparición deja huella en la percepción de Robert de la vida, marcada por el trabajo duro, las injusticias, el infortunio y la certeza de que todo puede acabar en un instante.
Estas apariciones especiales incluyen a William H. Macy —que interpreta un maderero cuya sabiduría deja el descubierto una gran carga de conciencia a causa de su labor—, Alfred Hsing — que hace de un trabajador chino cuyo terrible destino se convierte en un fantasma para Robert— y Kerry Condon — que encarna a una guaradbosques que entiende su dolor y lo anima a seguir adelante—. Bentley y Kwedar pueblan este universo con personajes de carne y hueso que funcionan como contrapeso a los brutales e inesperados embates de la naturaleza o el sistema que su labor está ayudando a consolidar. Estas escenas no solo demuestran la calidad de Bentley y Kwedar como autores, sino que también puntualizan esos momentos de aprendizaje surgidos de la conexión humana cuando todo parece perdido.

Sueños de Trenes recupera la calidez de First Cow (2019), la solemnidad de El Árbol de la Vida (The Tree of Life, 2011) y la belleza visual de Días de Gloria (Days of Heaven, 1978). La fotografía de Adolpho Veloso y la música de Bryce Dessner contribuyen al poder evocativo de esta película, que no necesita de aspavientos para emocionar al espectador. Si bien la narración de Will Patton puede verse como un elemento que va en contra de la inmersión, sus palabras se funden cuidosamente con las imágenes y las situaciones, creando un equilibrio audiovisual que permite unirse al suplicio de Robert y su eventual entendimiento de su lugar en un mundo que, después de todo, siempre otorga un motivo para seguir intentándolo.
Sueños de Trenes está disponible en Netflix.









