Crítica – El Sobreviviente: Edgar Wright y Glen Powell se diluyen en un irregular thriller de acción

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¿El mundo realmente necesita una adaptación de alguna novela o cuento de Stephen King cada año? Tan solo en este 2025 llevamos ya El Mono (The Monkey, 2025), La Vida de Chuck (The Life of Chuck, 2024) y Camina o Muere (The Long Walk, 2025), sin mencionar que en televisión tenemos ahora la precuela en forma de serie It: Bienvenidos a Derry (It: Welcome to Derry, 2025). Y ahora llega otra nueva versión de El Sobreviviente (The Running Man, 2025), una visión profética del futuro que tuvo el autor en los 80 y cuya primera vez en pantalla fue protagonizada por Arnold Schwarzenegger. Edgar Wright estuvo a cargo de modernizar este relato y convertirlo en un vehículo más para Glen Powell como estrella de acción; y aunque técnicamente cumple en ambos apartados, el producto final contribuye a una saturación de la obra de King al tomar la parte más obvia del discurso político del autor.

El concepto de la novela resultará familiar para cualquier fanático del entretenimiento distópico contemporáneo: en el futuro, las megacorporaciones controlan todo; con el 1 % cada vez más rico, el 99 % lucha por sobrevivir, entre ellos Ben (Powell), un nuevo papá recién desempleado que trata de conseguir dinero para llevar a su bebé enfermo al médico. Sin otra salida, se inscribe en El Sobreviviente, un reality show en el que debe escapar durante un mes de temibles asesinos para salir vivo y ganar un botín millonario. Los primeros 40 minutos de la película, a decir verdad, son muy amenos. Wright más o menos consigue inyectar su estilo frenético durante el planteamiento, que, aunque sobreexplicativo, encuentra la forma de volverse dinámico.

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Imagen: Paramount Pictures, Complete Fiction, Genre Films

Todo se va a pique en el segundo acto. Wright y su coguionista Michael Bacall apuestan por una estructura reiterativa que se agota rápidamente: Ben se encuentra con un personaje excéntrico que en un principio se rehúsa a ayudarlo, pero al final lo hace poniendo en peligro su propia vida, y así sucesivamente hasta el final. Si bien Powell al principio parece ser suficiente para echarse la película al hombro —canalizando al protagonista que encarnó en Cómplices del Engaño (Hitman, 2024)—, el popular actor va diluyéndose no solo en la misma historia —pasando incluso a ser secundario cuando aparecen Michael Cera, Emilia Jones o Daniel Ezra—, sino en una interpretación que parece esforzase demasiado en emular a Tom Cruise o Bruce Willis —específicamente en Duro de Matar (Die Hard, 1988)—. Así, la experiencia se torna sumamente extenuante hacia la mitad; además, los constantes giros y los falsos finales crean un enredo narrativo al que, honestamente, resulta complicado prestarle atención. A pesar de las vueltas de terca, el final se puede ver venir desde mucho antes.

El Sobreviviente empieza como una sátira política —que alude voluntaria o involuntariamente al estado sociopolítico actual de Estados Unidos—, y es en ese momento que más llama la atención; la influencia de Paul Verhoeven —sobre todo con RoboCop (1987) y El Vengador del Futuro (Total Recall, 1990)— es evidente, y también la de otros títulos clásicos noventeros como El Quinto Elemento (The Fifth Element, 1997) y El Demoledor (Demolition Man, 1993). Desafortunadamente, Wright y Bacall no pueden mantener el tono, y este gira hacia una seriedad poco interesante en la segunda parte. Aunado a ello, tenemos la crítica al fascismo y el poder desmedido de los medios de comunicación que lo perpetúan, que no es muy afilada que digamos, y que, de hecho, ya vimos este año en un formato similar con Camina o Muere. Wright y Bacall la recogen como si fuera absolutamente reveladora.

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Imagen: Paramount Pictures, Complete Fiction, Genre Films

Sí, El Sobreviviente es visualmente atractiva; el uso de sets y de CGI se integra correctamente al entorno real de los actores, y hay varias secuencias —como la del hotel— que genuinamente son divertidas como piezas de cine acción —acompañadas, claro, por la siempre fina selección de canciones de Wright—. Pero también hay que admitir que, al comienzo, hay un intento fallido de asemejarse a la estética noir de Blade Runner (1982). El problema viene de un guion estrictamente convencional y lineal que no ofrece muchos recursos para hacer del relato de King algo más estimulante. Con un final explicado que responde absolutamente todo, espacios muy evidentes para hacer posicionamiento de producto, villanos unidimensionales y una actuación protagónica comprometida pero nada vistosa, la cinta se vuelve una experiencia frustrante, repetitiva y por varios trechos aburrida. Pareciera que la ambición en cuanto a escala cinematográfica ha mermado el estilo de Wright en los últimos años; quizá un regreso a sus raíces más austeras y contenidas le vendría bien en este momento de su carrera.

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