El 8 de febrero de 1977, un hombre llamado Tony Kiritsis entró a las oficinas de Meridian Mortgage en Indianápolis y tomó como rehén a uno de los directivos; su demanda: que la empresa le compensara económicamente por haberle cobrado intereses tras haberse retrasado en los pagos y que se disculpara públicamente con él. Lo que siguió fue un caso mediático a nivel nacional que, por supuesto, recuerda inmediatamente a Luigi Mangione, quien asesinó al CEO de una importante aseguradora y posteriormente se convirtió en una figura de resistencia ante las prácticas desleales y los abusos que cometen estas compañías, aprovechándose del infortunio de sus clientes. Así, Gus Van Sant recupera el suceso y entrega su mejor película en casi dos décadas: un thriller de crimen que, aun sin explotar al máximo la carga política —como sí lo hizo, por ejemplo, Mente Maestra (The Mastermind, 2025) de forma muy sutil— de por medio y a los personajes involucrados, ofrece una buena mezcla de entretenimiento, información y estilo.
Van Sant presenta algo así como su Tarde de Perros (Dog Day Afternoon, 1975). Además de la representación de una toma de rehenes y del espectáculo posterior, la cinta cuenta con una participación especial de Al Pacino e incluso está filmada para parecer que se realizó en los 70. En La Negociación (Dead Man’s Wire, 2025), Van Sant apunta a un estudio de personaje en una línea similar a la del clásico de Sidney Lumet. Bill Skarsgard, entonces, emerge como el mayor activo de la película, que, como en varios de sus proyectos anteriores, consigue desaparecer en el rol de un hombre ordinario cuya ira y frustración le orillan a emprender una venganza que asume como una cruzada social. El sueco demuestra su gran talento histriónico coqueteando con la exageración y logrando que el espectador se involucre con él como antihéroe. Habrá que darle mérito también a Van Sant por mantener creíble todo el tiempo la actuación de su protagonista.

El guion de Austin Kolodney no podría catalogarse como malo, pero sí deja varias temáticas por desarrollar, evitando que el proyecto se adentre en vertientes todavía más interesantes. La trama aborda el suceso desde distintas perspectivas. Está, por ejemplo, la lucha de una reportera (Myha’la) por conseguir la nota y la participación de un DJ local (Colman Domingo) como una especie de inesperado mediador en el asunto. Mientras que la primera subtrama pretende ahondar en el ángulo mediático y ético de la cobertura, la segunda adquiere un tono más existencialista y psicológico. Desafortunadamente, las intervenciones se quedan en lo anecdótico y relativamente al margen de lo que ocurre. Aun así, Van Sant encuentra la forma de al menos hacer que las contribuciones tengan estilo; la inclusión de material de archivo, el uso de distintas relaciones de aspecto, el soundtrack y el montaje permiten que el dispositivo funcione incluso con sus limitaciones narrativas.

La Negociación juega también con una relación inusual entre Kiritsis y su rehén (Dacre Montgomery) que deja al descubierto ciertos aspectos de su vida. El primero trata de hacer que la situación sea lo menos desagradable posible para el segundo, que termina por revelar detalles íntimos de su crianza como privilegiado y como una pseudovíctima del sistema del que ambos forman parte. Pero, nuevamente, el guion de Kolodney no profundiza lo suficiente como para que podamos conocer por completo a estos individuos, definidos en mayor medida por lo que están viviendo. De cualquier manera, si la película tiene un gran acierto, es no sensaciónalizar los hechos y apostar por un acercamiento cercano a la comedia negra que captura con precisión el zeitgeist y lo incorpora en la historia.







