“Los recuerdos son historias. Más vale que inventes una con la que puedas vivir”, reflexiona Lidia (Imogen Poots) en La Cronología del Agua (The Chronology of Water, 2025), la ópera prima de Kristen Stewart. En ella, la actriz convertida en directora entrega la biopic de la escritora Lidia Yuknavitch, aspirante a nadadora olímpica que se volvió escritora para intentar sanar las heridas de su pasado; fue víctima constante de abuso sexual por parte de su padre. Pero no se trata de una película biográfica convencional; Stewart hace un ejercicio que raya en lo experimental para plasmar el dolor de una mujer ultrajada. Resulta evidente la compasión con la que la joven cineasta retrata la experiencia femenina de Yuknavitch, y aunque la hiperestilización y la presencia excesiva de recursos visuales llevan el relato por un rumbo difuso que no siempre termina por definir a la protagonista más allá de la etero, no cabe duda de que su visión ofrece una mirada sin compromiso ante el trauma.
Stewart, basándose en las memorias de Yuknavitch, concibe este esfuerzo precisamente como una suerte de colección de recuerdos. El ejercicio se convierte rápidamente en una épica del dolor que captura distintos episodios de la nadadora/escritora. Están, por ejemplo, los momentos de abuso y también otro en el que Lidia pierde a su hijo, que tuvo con un joven —un Earl Cave que, curiosamente, se parece a Stewart— a quien comienza a detestar por creer que es “demasiado amable”. Periodos de adicción y soledad vienen a continuación. El acercamiento podría parecer explotador y hasta cercano a la pornomiseria; sin embargo, no podemos olvidar que se trata de la vida de una persona; Stewart pone su ojo en el interior de Lidia y se queda ahí casi todo el tiempo, lo que respalda un montaje caótico y una atmósfera opresiva de principio a fin. Y claro, Poots demuestra un compromiso notable, exponiéndose físicamente y ayudando a construir un personaje tan complicado como incómodo que canaliza el trauma de formas que podrían ser difíciles de comprender, como masturbarse para aplacar el dolor.

La Cronología del Agua recuerda a Anémona (Anemone, 2025), otra ópera prima enfocada en la tragedia, soportada por una gran actuación central y que echa mano de lo visual para intentar fortalecer su discurso. En ambas, tanto Stewart como Ronan Day-Lewis hacen notar su estilo, aunque es cierto que el de la primera resulta menos genérico —el grano y la textura de la imagen contribuyen a la vibra— a que el del segundo, quien da la impresión de no saber qué hacer con sus personajes; afortunadamente, Stewart tiene claro lo que pretende y quién es su protagonista, por más que a veces su interpretación resulte impenetrable. Por otro lado, el montaje desorientador tiene una fuerte influencia malickiana, mientras que el carácter episódico y la contundente declaración feminista rápidamente traen a la memoria Mátate, Amor (Die, my Love, 2025); dos obras que apelan más a un estado de ánimo que a una historia como tal.

Si bien los símiles entre el agua y el estado existencial de Lidia se vuelven repetitivos en la narrativa —aunque, probablemente, esa es la intención por la alusión a la naturaleza cíclica del líquido— y, visualmente, Stewart mantiene el control de la experiencia sensorial deconstruyendo a la mujer en cuestión y mostrando el carácter sanador del arte, en este caso, la literatura. Con esta película, la incipiente directora permite que Yuknavitch muestre su sentir a través del cuerpo de Poots; el ejercicio se transforma en una instalación del dolor. Con un agudo sentido lírico, plasma en pantalla retazos de una vida hecha pedazos y reconstruida en la humedad. Definitivamente, en los diálogos hay una gran área de oportunidad, pero si algo queda claro es que la lírica empleada aquí resultó ser la manera correcta de adaptar las memorias de Yuknavitch, porque “nadie es lo suficientemente grande para contener lo que nos pasa”.
La Cronología del Agua está disponible en MUBI.









