Jane Schoenbrun siempre ha tenido una fijación con nuestra relación con lo que vemos en las pantallas. Tanto en We’re All Going to the World’s Fair (2021) como en Vi el Brillo del Televisor (I Saw the TV Glow, 2024), la cineasta encontró en la televisión analógica no solo un receptáculo de nuestras obsesiones, sino también un ente capaz de formar nuestra identidad e incluso despertar algo en nosotros que permanece reprimido. Cuando las emociones son demasiado fuertes, por supuesto, basta con presionar un botón; “Si se vuelve demasiado real, siempre puedes apagarlo”, nos recuerda constantemente el mantra de Adolescencia, Sexo y Muerte en Campamento Miasma (Teenage Sex and Death at Camp Miasma, 2026), su más reciente y ambicioso esfuerzo. Pero ¿y si esto no fuera suficiente para escapar? ¿Y si el trauma siguiera ahí aun con la tele apagada? Estas y más preguntas son las que se hace Schoenbrun ahora en un metaslasher que emerge como una de las películas de terror más vanguardistas de los últimos tiempos.
Basta con ver los créditos iniciales de la cinta para saber que estamos ante algo especial. Más allá de su genial estilización, estos astutamente nos presentan todo lo que necesitamos conocer para adentrarnos en este retorcido universo: la franquicia de terror Campamento Miasma estuvo alguna vez a la par de Pesadilla en la Calle del Infierno y Viernes 13 —y su antagonista, La Muerte Pequeña, al nivel de Freddy Krueger y Jason Voorhees—; sin embargo, las múltiples secuelas fueron degradando su impacto hasta volverse insoportable. Ahora, una joven realizadora ha sido elegida para revivir la saga nada más y nada menos que con la final girl de la original, al mismo tiempo que el ojo crítico contemporáneo exhibe sus problemáticos conceptos. Lo que viene a continuación es una deconstrucción del slasher, una que va más allá de lo que hizo Wes Craven con Scream: Grita Antes de Morir (Scream, 1996) en su momento; se trata de una reconfiguración total en la que la directora plasma su propia experiencia con el subgénero y como persona trans, planteando una serie de posibilidades metanarrativas que enlaza brillantemente con la idea de abrazar plenamente nuestra sexualidad.

Adolescencia, Sexo y Muerte en Campamento Miasma aborda nuestra relación con el cine de terror a través del vínculo psicosexual entre la cineasta Kris Williams (Hannah Einbinder) y la actriz retirada Billy Presley (Gillian Anderson). El espectador acompaña a la primera en su viaje para tratar de convencer a la segunda de participar en la resurrección de la saga, pero también en su especie de despertar sexual —el casting es increíble, por cierto, porque la química entre ambas derrocha una extraña sensualidad—. Mientras que Kris es una joven queer que nunca ha podido desenvolverse plenamente en la intimidad sexual, Billy destila una fiereza absoluta en ese sentido y una confianza que seduce; su secreto: dejarse llevar por la carne y los fluidos e “irse a otro lado” cuando los traumas amenazan con materializarse. Billy le achaca todo a la mirada académica de Kris, a quien vemos al principio ver la primera entrega de Campamento Miasma y anotar en su libreta la palabra “deseo”. Pero pronto queda claro que realmente no la entiende, sino hasta que Schoenbrun —en lo que, evidentemente, se trata de algo muy personal— la lanza en un frenesí de sangre, convirtiéndola en la final girl, junto a su nueva compañera.
Schoenbrun propone teorías sumamente interesantes conforme avanza. El origen de La Muerte Chiquita, por ejemplo, ataca la transfobia y los prejuicios que hemos visto perpetuados en los grandes títulos del subgénero. Hay todo un segmento en el que nos transportamos a la Campamento Miasma original para acompañar al villano en su sangriento momento de gloria, el cual adquiere sentido una vez que sabemos quién era este individuo antes de decapitar y abrir a personas a diestra y siniestra. Otra secuencia satiriza hilarantemente la relación de los ejecutivos de la industria con el cine y el verdadero arte. Y claro, Kris nos recuerda que la supuesta inclusión que abrazan los estudios, en realidad, tiene un fin capitalista. Resulta realmente sorprendente cómo la directora logró introducir tantos pensamientos en su obra sin que esta se desbordara —aunque sí se desborda, pero no tanto como para que se salga de control—.

Adolescencia, Sexo y Muerte en Campamento Miasma juega con las convenciones del subgénero —con una notable influencia lynchiana y cronenbergiana— como lo hizo De Naturaleza Violenta (In a Violent Nature, 2024) no hace mucho, aunque con bastante más sustancia de por medio. En ambas nos encontramos con villanos con quienes, de alguna forma, podemos empatizar. Se trata de una revolución en las representaciones culturales de lo monstruoso, como diría Kris. También hay algo de Censor (2021) en su esencia, principalmente con el concepto de una protagonista introduciéndose en un universo ficticio análogo para salvar su realidad.
La cuarta pared, por supuesto, juega un papel decisivo en el ejercicio, no solo con la protagonista sabiendo que está en una película dentro de una película, sino también asumiendo una nueva identidad que le permita alcanzar “la muerte pequeña” —“la petite mort“, curiosamente, es un eufemismo en francés para “orgasmo”. Schoenbrun vertió sus sentimientos y frustraciones en un relato que se siente auténtico, excitante, envolvente y sumamente original. Con él, sostiene que nosotros mismos somos las películas: refugios inmateriales para nuestros miedos y tristezas. El deseo, finalmente, deja de ser una definición para convertirse en una experiencia.








