En algún momento, Eli Roth —un tipo abiertamente si0nist@, por cierto—fue considerado uno de los líderes de una nueva ola de terror basada en la violencia extrema. Ese regodeo en la brutalidad y en la manera en que hacía de la tortura un fetiche resonó en un público joven sediento de sangre y sexo en pantalla. Los tiempos fueron cambiando, pero Roth no, y eso se ha notado en sus últimos trabajos, que evocan la esencia de los slashers de antaño e incorporan una dosis exagerada de ultraviolencia y bastante “comedia negra”, pero sin el filo que muchas propuestas de hoy tienen. El Heladero: Dulce Sabor a Muerte (Ice Cream Man, 2026), el más reciente, rivaliza con Borderlands (2024) como su peor película. Si bien este tipo de terror que despliega todavía sigue vigente —ahí está Damien Leone con su saga Terrifier—, Roth nos hace sentir que estamos viendo algo sumamente anticuado.

Roth recupera la figura del heladero maligno de El Vendedor de Helados (Ice Cream Man, 1995) y lo convierte ahora en una especie de flautista de Hamelin. Mientras que en la película noventera el villano hacía helados con los restos de sus víctimas, aquí controla a los niños de un vecindario para que cometan todo tipo de atrocidades. Es como si hubiera visto Nuestra Pandilla (The Sandlot, 1993) y luego La Hora de la Desaparición (Weapons, 2025) y hubiera decidido hacer su propia versión con un asesino ya conocido. Entonces, la originalidad no está ni cerca de ser una característica de este esfuerzo. Lo que viene a continuación es un slasher profundamente irrelevante que ni siquiera llama la atención con sus numerosas muertes. Teniendo ahí a Terrifier y otros títulos similares, Roth se muestra poco inspirado a la hora de brutalizar a sus personajes —los efectos prácticos son muy pobres, sin mencionar que el uso de CGI tampoco convence—. Aunado a ello, la película emplea IA generativa —algo que Roth negó en un principio— para crear una serie de animaciones que funcionan como alucinaciones de los niños.

El Heladero echa mano igualmente de los clichés más desgastados del subgénero: el adolescente fanfarrón, los papás que no tienen idea de qué está pasando, situaciones sexistas y ofensivas —hay una burla lamentable a los desórdenes alimenticios—, la secuencia obligada de exposición que revela el pasado del antagonista —que, extrañamente, aparece brevemente en pantalla—, etc. En cuanto a esto último, después de casi una hora de gore sin sentido, Roth se saca de la manga una ridícula explicación a través de un personaje que también aparece súbitamente. El último acto, que de pronto adquiere un tono serio que alude a ¿crímenes sexuales dentro de la Iglesia Católica? —como si Roth estuviera tratando de hacer una crítica social—, desarrolla este intento de historia y conduce a un desenlace apresurado para terminar todo de una vez. Las últimas escenas son depresivas, sí, pero la construcción emocional que lleva a ellas es nula. Básicamente, el guion pretende impactar al espectador solamente porque sí, pero con lo que no cuenta es que este helado se derritió desde antes.










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