Nadie realmente se esperaba que una adaptación de Rebelión en la Granja, el clásico de George Orwell, tuviera una escena en la que el cerdo Napoleón se echa un pedo y dice “Así es como suena la libertad”, pero aquí estamos. El siempre controversial Angel Studios, el guionista Nicholas Stoller y el director Andy Serkis, en verdad, lo lograron: básicamente, hicieron de una de las piezas de literatura más importantes del siglo XX una broma. Queriendo entretener al público infantil con algo muy en la línea de lo que hace Illumination, esta versión animada de la novela borra casi cualquier rastro del discurso sobre los peligros del tolatarismo y lo reemplaza con una anticuada y horripilante aventura cómica que supone una ofensa para el legado del escritor, para los amantes del buen cine y para los pueblos que han tenido que enfrentar décadas de opresión ante los delirios de tiranos desquiciados por el poder absoluto.
Rebelión en la Granja (Animal Farm, 2025) estaba condenada desde su concepción. ¿A quién se le ocurrió que sería una buena idea llevar esta historia a la pantalla grande en forma de una película animada con personajes cuyos tiernos o bufonescos diseños parecen salidos de títulos como Vacas Vaqueras (Home on the Range, 2004) o La Granja (Barnyard, 2006)? Serkis y su equipo fallan en gran medida en la conceptualización y el tono de su película, que trata a los espectadores como idiotas completos, incapaces de entender una alegoría y lo propuesto por Orwell hace más de 80 años. En su lugar, el guion recurre a los elementos más básicos y trillados del cine infantil: subtramas románticas, montajes musicales, villanos unidimensionales e incluso un final feliz. El desenlace tan sombrío de la obra original es reemplazado por un “quizá el verdadero tesoro son los amigos que hicimos en el camino”. Lamentable.

Además de una animación que da la impresión de haber sido renderizada hace unos 20 años, Rebelión en la Granja reinterpreta de forma problemática algunas ideas de la novela. Al final, por ejemplo, el cerdito Lucky —un personaje inventado con las características más blandas y aburridas imaginables— declara que nosotros mismos debemos elegir trabajar para poder ser libres, sin que alguien tenga que ordenárnoslo. El comentario parece aludir al mito de la meritocracia y al discurso rancio de que “el pobre es pobre porque quiere”. La tibieza de la película se percibe con una alusión a que Snowball —que representa a León Trotski— tampoco tenía derecho a decirles a los animales qué hacer, por más que fuera por el bien de la comunidad. Claramente, hay un contagio por el temor al “comunismo” que ha surgido con el alzamiento de la extrema derecha en todo el mundo. La propaganda capitalista es nauseabunda.

En este siglo, otras películas animadas como Pollitos en Fuga (Chicken Run, 2000) e incluso El Fantástico Sr. Zorro (Fantastic Mr. Fox, 2009) supieron desplegar muchísimo mejor la premisa inicial de Rebelión en la Granja. Serkis y Stoller olvidaron por completo el ángulo satírico del material, posiblemente siguiendo los mandatos de una entidad profundamente conservadora como Angel Studios. Resulta curioso, por otro lado, el nivel de estrellas que se consiguieron para las voces, desde Seth Rogen y Kieran Culkin hasta Glenn Close y Woody Harrelson. Desgraciadamente, esto no impide que la película sea un completo desastre y una bastardización de lo que Orwell escribió. Optando por un discurso de cajón sobre los peligros de la corporativización a gran escala, esta adaptación sucumbe debido a un lastimoso trabajo de animación e, irónicamente, por cuestiones políticas.









