Crítica – Primetime: el espectáculo del morbo

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A principios de este siglo, el reality show To Catch a Predator (2004-2007) impactó a la audiencia estadounidense. El concepto, ciertamente, era arriesgado: pedófilos eran atrapados en cámara mientras intentaban encontrarse con menores de edad —actores haciéndose pasar por niños o adolescentes—. Chris Hansen, el anfitrión, confrontaba a los criminales, les revelaba que acababan de engañarlos y, después, los dejaba a merced de las autoridades locales. Por supuesto, el programa formó parte de la inmensa ola de televisión de realidad que convirtió los matices de la vida ordinaria en un espectáculo de consumo. Primetime (2026) ofrece un vistazo a este momento en particular de la industria del entretenimiento, con una sátira altamente estilizada y soportada por una interpretación principal desatada a cargo de Robert Pattinson. Aunque su examinación de las motivaciones de Hansen y de la fascinación de la sociedad por el true crime queda un tanto en lo superficial, la inclusión de otros ángulos compensa lo anterior.

Pattinson engancha desde el comienzo con lo que bien podría ser la actuación más arriesgada de su carrera. Es un acierto del director Lance Oppenheim —quien este año también presenta el altamente publicitado documental sobre Elizabeth Holmes— y del mismo actor —que igualmente funge como productor— que no hayan optado por una biopic como tal ni por una imitación. La caracterización se inclina hacia la teatralidad y hacia una construcción por capas. El prólogo lo deja claro desde el principio. La primera recreación de la que somos testigos nos permite ver a Pattinson en su personaje y en el personaje que este último crea. La teatralidad a la que apela —que recuerda bastante a la de Jake Gyllenhaal en Primicia Mortal (Nightcrawler, 2014), curiosamente, otra película que cuestiona la ética de los medios de comunicación—se vuelve irresistible. El acercamiento también incluye su vida privada, donde sus comportamientos provocan cierta inquietud, principalmente por la manera en que Pattinson nos adentra en la búsqueda de un hombre con un retorcido sentido de la justicia para las víctimas que quiere alcanzar la cima.

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Imagen: A24, Icki Eneo Arlo, Range, Square Peg

Pero la otra estrella de la película es Skyer Gisondo, quien interpreta a Dan, un aspirante a actor reclutado por el equipo de Hansen. Oppenheim y el guionista Ajon Singh —ambos en su primer largometraje de ficción— ponen a este personaje en medio del dilema más desgarrador de la historia: ¿vale la pena “venderse” para alcanzar un sueño? El arco de Dan resulta el más satisfactorio y completo; Gisondo convierte su apariencia casi infantil y su dulzura en desilusión y rabia. Lo mismo no puede decirse exactamente de Hansen, a quien Oppenheim y Singh sumen en una tediosa subtrama de un amorío que pretende subrayar la doble moral con la que se movía, como si no fuera ya evidente. El guion, incluso con todo el ímpetu de Pattinson, no consigue delinear por completo la psicología de un tipo que quería ser tomado en serio. Y aquí surge una contradicción: si ese era su objetivo, ¿por qué se insiste en una especie de caricaturización dramática, por más estimulante que sea? Y luego está Andie Bender (Merrit Weaver), la productora del programa, que se siente como el personaje menos desarrollado, aun con la muy buena actuación de por medio.

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Imagen: A24, Icki Eneo Arlo, Range, Square Peg

Primetime, de cualquier manera, abraza el sensacionalismo emanado de To Catch a Predator, con un estilo visual singular que, además, incorpora astutamente el zeitgeist —las grabaciones de vigilancia y el lo-fi son parte de la identidad— y la incipiente cultura digital, con una especie de nostalgia y bastantes alusiones cómicas —que recuerdan a la obra de Ari Aster, quien, por cierto, participa como productor—. En ese sentido, Phoebe Bridgers y Bokeem Woodbine —como una actriz señuelo cada vez más incómoda con lo que hace y un alguacil conservador que se asume como paladín de la justicia—emergen como manifestaciones de la época y, en ocasiones, alivio cómico. Si bien la película no cumple del todo con la aparente promesa inicial de analizar las consecuencias que debe enfrentar un hombre de sus actos, su inclinación hacia el thriller, la comedia negra y, por momentos, hasta el terror la convierte en un ejercicio irregular pero atrevido que invita todo el tiempo a mirar más de cerca.



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