La Biblia dice que hay que “poner la otra mejilla”, ¿pero también que hay que mirar al otro lado ante el dolor ajeno? En Pequeñas Cosas, Grandes Secretos (Small Things Like These, 2024), ignorar el mal que tiene lugar ante nuestras narices representa la mejor oportunidad de no meterse en problemas y seguir adelante. Esto, por supuesto, adquiere una mayor relevancia en un momento histórico en el que un genocidio es perpetrado en tiempo real. Es en el actuar de un tipo como Bill, el protagonista, que surge un rayo de esperanza. Sus pequeños actos podrán ser insignificantes, pero su intención y su preocupación significan un cambio para al menos una persona, y es ahí donde se encuentra el alma de esta íntima y poderosa película.
En su nueva cinta —nominada al León de Oro en la Berlinale—, Tim Mielants recupera la novela del mismo nombre, de Claire Keegan, para volver a poner sobre la mesa los abusos llevados a cabo por la Iglesia Católica en Irlanda en las llamadas “lavanderías de la Magdalena”, donde miles de mujeres fueron recluidas por sus acciones “impuras” —fosas comunes fueron encontradas en estos sitios tiempo después—. Adaptando esta historia, la guionista Edna Walsh nos transporta a un pequeño pueblo irlandés de los 80 donde, aparentemente, la paz reina. Es a través de los ojos de Bill Furlong, un hombre justo y trabajador, que pronto descubrimos el mal que crece en los sitios más inimaginables de todos: aquellos destinados a honrar a Cristo. Pero más que un señalamiento directo a las crueles e inmorales prácticas de estas religiosas, la película dirige su atención hacia entramado social deshumanizado y regido por la indiferencia. El “qué dirán” manda.

En este sentido, Cilian Murphy es el corazón del filme de principio a fin. El aclamado actor entrega otra notable actuación, y en esta ocasión en un entorno y un contexto que, sin duda, le resulta muy cercano. El irlandés interpreta a lo que podría definirse como un buen samaritano, un hombre de familia que no duda en darle unas monedas a un niño que debe lidiar con un padre alcohólico en casa, y que hace todo lo posible por ayudar a una jovencita que claramente sufre a manos de las monjas locales. La calidez y empatía que proyecta definen a un personaje que, de cualquier manera, no es invulnerable, pues el trauma de la pérdida y de una infancia complicada le mantienen en un estado permanente de melancolía. Murphy trabaja con esta información y un guion minimalista para hacer de su personaje uno admirable, pero nunca sermoneador.
También tenemos que hablar de Emily Watson, quien interpreta a la madre superiora en unas cuantas escenas. La emblemática actriz británica entrega una poderosa interpretación en el breve tiempo que tiene pantalla; la manipulación y la maldad que emanan de ella generan una inquietud y malestar ineludibles. A Watson le bastan unos minutos para dejar huella y alzarse como una fuerza antagónica e interpretativa al nivel de la Murphy. La secuencia que comparten se convierte en una demostración perfecta de un duelo actoral que no necesita de aspavientos ni nada parecido para resultar electrizante y memorable. Mielants, claro, es gran responsable al manejar este talento a su discreción.

Pequeñas Cosas, Grandes Secretos transmite una vibra dickensiana, principalmente durante los flashbacks que nos remiten a la infancia de Bill. La cinta también tiene algo de la tremendamente infravalorada La Niña Callada (An Cailín Ciúin, 2022); la nostalgia y la añoranza las unen, así como el sentimiento de empatía que surge cuando más se necesita. Y vale la pena revisitar el devastador documental Sugarcane (2024), que retrata la vida de los sobrevivientes a instituciones similares en Canadá, donde muchos niños indígenas fueron asesinados. Un terrible recordatorio de los actos malvados que se llevan a cabo en nombre de Dios.









