Hay una escena que engloba perfectamente lo que representa Christy (2025), la biopic de la boxeadora estadounidense Christy Martin. En ella, la protagonista (Sydney Sweeney), habiendo vivido varios episodios de estrés y siendo víctima de abuso emocional, sale de su casa, se va a la playa y se sienta en la arena mientras ve el horizonte, cuyo bello atardecer ofrece cierta paz en medio de la tempestad. El momento es uno de los cuantiosos clichés que conforman esta pobre película, que no hace más que regodearse en el sufrimiento del personaje y ejecutar la vieja fórmula del deportista en desgracia que sale adelante a pesar de la tragedia. Si bien Sydney Sweeney vuelve a dejar de lado la sexualización que ha abrazado para su figura pública —y de la que muchos se han aprovechado; sí, te estamos viendo a ti, Sam Levinson— para interpretar a Martin, un guion con poca imaginación, una dirección floja y un esfuerzo limitado de su parte impiden que desaparezca en el rol. Es como si hubiera creído que viéndose “desaliñada” sería suficiente-
La película, por supuesto, retrata el ascenso al estrellato de Martin, quien fue clave en el posicionamiento del boxeo femenino a nivel mundial. David Michôd y la coguionista Mirrah Foulkes enmarcan la existencia de la entonces joven en el contexto patriarcal de los 90, en el que ser lesbiana, como sabemos, estaba muy mal visto. De ahí, Michôd y Foulkes despliegan una crítica de cajón y muy superficial a este sistema principalmente a través de dos personajes: la madre (Merritt Wever) y su esposo, James (Ben Foster). La dirección de Michôd se muestra desequilibrada en este sentido; mientras que Wever cae en la sobreactuación y en el estereotipo, Foster, por momentos, parece estar en una historia sobre asesinos seriales. La disparidad de tonos es notable. Si bien se nota la entrega de Foster, los prostéticos y su ridícula peluca no pueden evitar que su personaje resulte risible casi todo el tiempo. Curiosamente, Katy O’Brian —como una rival de Martin—, con apenas unos minutos en pantalla, emerge como uno de los pocos elementos creíbles.

Christy carece de cualquier intento de profundidad psicológica. Michôd —que en sus inicios hacía filmes más interesantes— opta por un acercamiento muy básico que apenas indaga en la frustración de la protagonista y en la psicopatía de James. En su lugar, el australiano opta por los típicos montajes musicales, saltos temporales tramposos para dar por sentado el desarrollo del personaje, piezas musicales demasiado marcadas que solo pueden ser vistas como una treta de manipulación emocional y hasta una innecesaria secuencia casi al final que se regodea en un acto tan atroz como la violencia de género. Una decisión creativa tras otra demuestra su falta de sensibilidad en esta ocasión.

Tratando de hacer algo así como una fusión entre Foxcatcher (2014) y Golpes del Destino (Million Dollar Baby, 2004) —carnada para los Óscar, obviamente—, Michôd entrega más bien una biopic ordinaria que entiende muy poco acerca de la causa feminista, que pretende celebrar con apenas el viejo confiable texto que nos dice qué están haciendo ahora estos personajes antes de que aparezcan los créditos.






