Crítica – El Sonido al Caer: una íntima épica sobre la feminidad en estado de opresión

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“Es una lástima que nunca sepas cuándo estás en tu momento más feliz”, dice una de las protagonistas en El Sonido al Caer (In Die Sonne Schauen, 2025), película que ganó el Premio del Jurado en el Festival de Cannes. La directora y coguionista Mascha Schilinski nos adentra en la vida de cuatro mujeres que habitan el mismo espacio: una granja en la región de Altmark. Ninguna de ellas es exactamente feliz, aunque tampoco está privada de instantes de despreocupación y tranquilidad, casi como en el universo fílmico de Terrence Malick. Aun así, su contexto es complicado, pero la supervivencia femenina emerge para enfrentarlo. En lo que bien podría definirse como una épica de la intimidad, la realizadora alemana alude a la historia contemporánea de Alemania a través de las vivencias de cuatro mujeres que lidian con traumas, secretos y conflictos que ponen a prueba ya sea su inocencia, su entereza o su misma existencia.

La cinta recorre, prácticamente, los últimos cien años de la nación germana encapsulados en las vivencias de cuatro jovencitas. La estructura no lineal mueve al espectador entre épocas sin explicación ni previo aviso. Si bien los cambios temporales son más que obvios, Schilinski y Peter no se detienen a explicar sus decisiones narrativas. La inmersión es absoluta y el grano de la fotografía de Fabian Gamper resulta fundamental en ese sentido. Las escenas que transcurren a principios de siglo, por ejemplo, parecen pinturas vivientes. En ellas, Alma (Hanna Heckt), una niña de siete años, se enfrenta a la muerte de distintas maneras al interior de su familia. Su rol se limita a lo observacional —como las otras chicas en la película—, pero el trabajo en conjunto aquí desplegado hace posible que sean palpables la extrañeza y una cierta desesperación ante los sucesos.

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Imagen: Studio Zentral, ZDF

El sonido al Caer por momentos adquiere una atmósfera opresiva casi hanekiana; ecos de La Cinta Blanca (Das Weiße Band – Eine Deutsche Kindergeschichte, 2009) se sienten no solo por la ambientación de época, sino por la oscuridad que impregna buena parte de la historia. En los segmentos de principios de siglo, por ejemplo, los padres de Angela persiguen a su hijo mayor con un fin nefasto que, sin embargo, le salvará de ir a servir en el frente. En los de los 80, en plena Guerra Fría, una adolescente llamada Angelika (Lena Urzendowsky) es perseguida por rumores y avances románticos dentro de su propia familia. Esto y más llevan a las protagonistas a coquetear regularmente con la muerte; Schilinski representa sus peligrosas fantasías como un escape por medio de escenas oníricas que recuerdan de cierta manera la propuesta de Sofia Coppola en Las Vírgenes Suicidas (The Virgin Suicides, 1999) o en El Seductor (The Beguiled, 2017) —los otros dos relatos siguen a una niña ensimismada con la presencia de otra más cool que ella y a una joven que pretende tener una pierna amputada y que vive junto a su hermano violento y un tío cojo—.

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Imagen: Studio Zentral, ZDF

Y así, estas muchachas se convierten poco a poco en entes sobrenaturales. Mientras que Alma se imagina a sí misma como un cadáver para adherirse a la usanza de la época de fotografiar a los muertos como si estuvieran vivos, Angelika se escapa en el último momento del cuadro de la foto instantánea que están por tomarle a su familia, apareciendo finalmente en la imagen como una suerte de espíritu sin forma definida. En El Sonido al Caer, estas mujeres adquieren una naturaleza que trasciende el tiempo; su dolor e incertidumbre se transforman en un trauma generacional que se incrusta en un solo espacio; no por ello, una de ellas asegura en la narración —resuelta poéticamente para evitar que se vuelva exposición— que las acciones no las definen, sino los lugares. Por más que intenten, su destino parece estar sellado. Con esta obra, Schilinski y Peter apelan a una resistencia femenina pasiva que, aun así, acumula una explosión de emociones en silencio. Estas mujeres, en efecto, se preguntan si están vivas o muertas. “Siempre ves las cosas desde fuera, pero nunca desde dentro”, dice una de ellas, enmarcando el sentir de frustración que inunda su existencia.

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