Se dice por ahí que “por algo pasan las cosas”. Hace tiempo, Phil Lord y Christopher Miller fueron despedidos como directores de Solo: Una Historia de Star Wars (Solo: A Star Wars Story, 2018). Inmediatamente después, triunfaron con la saga del Spider-Verso como mentes maestras detrás del proyecto. Y ahora el dúo por fin tuvo su oportunidad de entrar a la ciencia ficción desde el live action con Proyecto Fin del Mundo (Project Hail Mary, 2026), adaptación de la popular novela de Andy Weir. Podría decirse que Lucasfilm no sabe lo que se perdió al deshacerse de este par, pues su nuevo blockbuster quizá replique algunas fórmulas y dinámicas que ya hemos visto antes, pero la calidez de la historia y la pasión con que esta película está hecha son altamente contagiosas —algo que desapareció de Star Wars—. Resulta imposible resistirse al poder como estrella de Ryan Gosling y a la emotiva aventura espacial que encabeza.
Lo siguiente podría considerarse como spoiler. Lee con cuidado. La cinta se presenta como una adaptación muy fiel de la obra original, en la que Ryland (Gosling), un profesor de secundaria y también biólogo molecular, es reclutado por una coalición internacional para salvar el mundo, ya que el reciente descubrimiento de que el Sol se está apagando ha puesto en peligro la existencia de la humanidad. La narrativa se desenvuelve igual que en el libro, yendo y viniendo entre el pasado —Ryland investigando la lenta muerte de la estrella y preparando la misión— y el presente —Ryland despertando en una nave espacial sin saber quién es y por qué está ahí—. El guion de Drew Goddard consigue que las revelaciones que va ofreciendo la novela se vayan desenvolviendo poco a poco con los recuerdos del protagonista en forma de flashbacks. Weir, por supuesto, es conocido por la manera en que se adentra en la ciencia dura en sus relatos, lo cual aquí se atenúa bastante en busca de algo más amigable para el público general —como vimos ya en Misión Rescate (The Martian, 2015), basada igualmente en la obra de Weir—, y para mantener el foco en el género de aventura y en lo que viene a continuación.

El segundo acto presenta a Rocky, un alienígena que parece una piedra —investigando, igualmente, por qué la estrella de su sistema está muriendo—, con quien Ryland se encuentra en el espacio. La relación que entablan estos dos se vuelve rápidamente el corazón de la película, que se transforma en una buddy comedy muy divertida y genuina. Quizá Gosling no pase exactamente por un profesor solitario enamorado de la ciencia, pero su carisma es suficiente para convencer al espectador. Por otro lado, Lord y Miller acertaron enormemente al echar mano de efectos prácticos para crear a Rocky, que se siente como un ser real en pantalla; una mezcla de marionetas y CGI le dio vida —James Ortiz lo manejó y le dio voz—, lo que permite que sus interacciones con Gosling estén cargadas de verdaderas emociones. La tangibilidad que esto le da a la historia resulta crucial, principalmente en una era en la que todo parece estar generado en una pantalla azul. Lo que nos lleva a otro factor determinante: la fotografía.
Greig Fraser vuelve a demostrar que es uno de los mejores trabajando en superproducciones con fotografía para grandes formatos. El australiano nos regala tanto movimientos de cámara inusuales, para acompañar la desorientación de Ryland, como vistas espectaculares dentro del set de la nave, que se convierte en un entorno sumamente variado a pesar de su aparente limitación espacial. Y si a eso agregamos los maravillosos paisajes creados con CGI —específicamente en la secuencia que tiene lugar en la atmósfera de un exoplaneta—, nos queda una serie de fantásticos visuales que enaltecen la obra y aprovechan al máximo su temática cósmica. Mención especial merece también la música de Daniel Pemberton, que entrega un conjunto de composiciones que se mueven entre lo juguetón y lo épico, dependiendo de si estamos en la parte de buddy comedy o en la de aventura espacial.

Proyecto Fin del Mundo emerge como una oda a esa valentía que no sabemos que llevamos en nosotros. Resulta sencillo identificarse con la soledad e inseguridad de Ryland; he aquí un héroe renuente que Gosling y Goddard diseñan para beneficiarse de la comedia física del primero, que recuerda en cierto sentido a la de Tom Hanks en Náufrago (Cast Away, 2000). Trazos de Guardianes de la Galaxia Vol. 3 (Guardians of the Galaxy Vol. 3, 2023) también se perciben en la relación entre Ryland y Rocky, cuyo vínculo evoca al de Star-Lord y Rocket. Y ni siquiera hemos hablado de Sandra Hüller, que hace su debut en Hollywood con un papel menor, pero cuya sobriedad y severidad complementan la vibra relajada de Gosling. No cabe duda de que Lord y Miller encontraron la sinergia ideal para llevar al cine una emocionante historia acerca del poder que tenemos para despertar lo mejor de los demás.









