Nadie hubiera imaginado antes de su estreno que Entre Navajas y Secretos (Knives Out, 2019) se convertiría en una exitosa franquicia, ni que Netflix pagaría $450 millones por dos secuelas. Rian Johnson, después de la mala experiencia que probablemente significó haber sido parte de Star Wars, se ha dedicado en lo que va de la década a seguir construyendo una saga muy al estilo de la de Hércules Poirot alrededor de Benoit Blanc, personaje que le ha permitido a Daniel Craig desenvolverse en un entorno más relajado. Aunque Johnson no ha podido replicar el factor sorpresa y el ingenio de la original, las entregas posteriores no han decepcionado como tal; Wake Up Dead Man (2025), la tercera, es quizá la más oscura y temáticamente la más profunda, a pesar de que el misterio y los personajes secundarios como sospechosos realmente se quedan cortos en lo que respecta al whodunit.
En esta ocasión, Johnson crea un relato con cierta sensibilidad gótica tanto en lo visual como en lo narrativo. Dentro de una majestuosa iglesia en un pueblito neoyorquino se libra una batalla ideológica con un trasfondo religioso. Mientras el monseñor Wicks (Josh Brolin) convierte el evangelio en un arma para contrarrestar el progresismo y la corrección política, el padre Jud (Josh O’Connor) se niega a ver al mundo como un lobo y usar la palabra de Dios para domarlo; su acercamiento a la fe tiene que ver con la compasión. La cinta deja el misterioso asesinato de Wicks en un segundo plano para ahondar en esta confrontación teológica, cuyos efectos se sienten en la culpa de Jud, la suspicacia de Blanc y las acciones del rebaño del monseñor. “Estos cuentos nos convencen de una mentira o nos conectan con algo profundamente verdadero”, menciona Blanc dejando sobre la mesa lo que está en juego cuando de fe se trata.

O’Connor, sin duda, se convierte en el alma de la película, de la misma manera que Ana de Armas saltó al estrellato en la primera parte. El británico hace del padre Jud un personaje sumamente fascinante; su vulnerabilidad y dudas se mantienen latentes, pero O’Connor hace lo necesario para dotarlo de una sutil fuerza capaz de destacar el aspecto más conciliador y reconfortante de su existencia. Desde luego, Jud es el pilar moral de Wake Up Dead Man; su presencia recuerda a la de Ethan Hawke en La Iglesia de la Salvación (First Reformed, 2018), un drama que también exhibe la crisis de un sacerdote, aunque desde un punto de vista más extremo. Craig, si bien con menor tiempo en pantalla y el papel menos memorable de los tres que ha tenido como Blanc, funciona como un buen accesorio para O’Connor, siendo una especie de contrapeso no agresivo y agnóstico a las creencias de Jud. Su emparejamiento tiene buenos instantes, tanto en lo dramático como en lo cómico.
De donde la película cojea es en la parte de la intriga; el caso que Johnson propone pinta en un comienzo para ser sumamemente interesante e impredecible; sin embargo, la investigación que Jud y Blanc ponen en marcha dista mucho de generar el interés que en veces pasadas, principalmente por un manejo irregular de los personajes secundarios, la mayoría desperdiciados o sumidos en roles irrelevantes. Cailee Spaeny, por ejemplo, como una chelista postrada a una silla de ruedas, no tiene nada que hacer. Las relaciones que hay entre ellos, como la que existe entre los personajes de Kerry Washington y Daryl McCormack, quedan a deber. Otros como Andrew Scott quedan relegados a un alivio cómico que no aterriza siempre. Afortunadamente, Glenn Close entrega la otra gran actuación de la cinta; la veterana actriz brilla en el último acto. Brolin, como el mayor antagonista, tiene también un par de buenas escenas al principio.

Wake Up Dead Man goza de una fotografía muy llamativa. Las tomas que Steve Yedlin consigue dentro de la iglesia son exquisitas; hay varias imágenes manipuladas manualmente con filtros de colores parciales para obtener cuadros dignos de colgarse. La iluminación también juega un papel importante en la construcción de los personajes y lo que significan para este embrollo religioso —Blanc tiene un leitmotiv que ensalza literalmente su iluminación—. Es una pena que el misterio, con poco sentido de urgencia y una resolución demasiado rebuscada, no haya estado a la altura, pero la elección del tema y la exploración de sus contrastes compensan este defecto. Rian Johnson vuelve a mostrar su capacidad sobre todo para dirigir y manejar la puesta en escena. Aunque esta tercera parte no tiene la gracia y los giros de la original, el entretenimiento que ofrece durante sus más de dos horas de duración está garantizado.









