Crítica El Día D: Bajo Presión; la arquetípica película de la Segunda Guerra Mundial

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Las películas sobre la Segunda Guerra Mundial ya son un subgénero como tal; no hay año en el que no tengamos por lo menos dos o tres ambientadas en el mayor conflicto militar en el que se ha visto involucrada la humanidad. Unas cuantas consiguen salirse del molde y entregar algo vanguardista e inquietante entre tanta sobreexplotación temática —ahí está Zona de Interés (The Zone of Interest, 2023), por ejemplo—; desafortunadamente, la mayoría termina siendo como El Día D: Bajo Presión (Pressure, 2026), una de esas que cualquier papá dirá que “eso sí es cine”. Así como Nuremberg: El Juicio del Siglo (Nuremberg, 2025), su ejecución es correcta, no se mete en problemas y proporciona la información necesaria para que tanto espectadores comunes y corrientes como apasionados de la historia salgan contentos. La cuestión es que el ejercicio se siente más bien como la lectura de un artículo de Wikipedia, con uno que otro destello emocional por aquí y por allá, pero sin nada que realmente la convierta en una pieza indispensable del cine bélico.

Bajo Presión se enfoca en los días previos al desembarco de Normandía, el principio del final de la guerra. Cualquiera que recuerde sus clases de Historia Universal —o que haya visto Rescatando al Soldado Ryan (Saving Private Ryan, 1998)— sabe que los Aliados tomaron aquellas playas francesas tras una cruenta batalla. Lo que muchos desconocen es que la operación militar enfrentaba un desafío tan poderoso como las fuerzas nazis: el clima. Andrew Scott interpreta al capitán James Stagg, el meteorólogo de la Real Fuerza Aérea británica encargado de definir el día ideal —sin temporales de importancia— para que la armada naval más grande de todos los tiempos llevara a cabo su invasión. Entonces, la película, básicamente, se trata de un tipo serio, casi misántropo, que discute con sus superiores y colegas sobre si va a llover o no. El tema, en efecto, no suena particularmente emocionante, y el director y coguionista Anthony Maras se encarga de cumplir con el pronóstico —nunca mejor dicho—: he aquí una obra más informativa que emocionante; una anécdota que quizá no merecía una adaptación completa.

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Imagen: Working Title Films, StudioCanal

El mayor obstáculo que enfrenta Maras es encontrar un drama genuino en todo esto. Scott es un gran actor, pero su personaje realmente no tiene la fuerza necesaria para echarse la película al hombro. El guion trata de ayudarlo artificialmente creando una subtrama que pone en peligro a su esposa para añadirle más presión —una disculpa nuevamente por el juego de palabras— a su tarea, pero el esfuerzo es inútil. El antagonismo emerge como otro recurso; sin embargo, la poca imaginación de Maras se conforma con el típico jefe intransigente y un necio compañero de trabajo. El primero es Brendan Fraser, como el fal Eisenhower, y el segundo es Chris Messina, como un meteorólogo estadounidense. Las actuaciones son funcionales, pero el desarrollo de los personajes es nulo; sus características principales, ya sea el mal genio o la presunción, los definen enseguida. Y luego está Kerry Condon, que no tiene nada que hacer más que estar ahí como —adivinaste— apoyo moral para los hombres. La película, eventualmente, se desenvuelve como cualquiera espera: Stagg —casi como Cillian Murphy en Oppenheimer (2023)—vence intelectual y emocionalmente a todo el mundo con su pronóstico, Eisenhower termina respetándolo y el Día D es un éxito, lo que sea que signifique eso.

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Imagen: Working Title Films, StudioCanal

El Día D: Bajo Presión incluso presenta una breve recreación del desembarco, pero sin la crudeza ni el despliegue técnico de aquella memorable secuencia de la ya mencionada película de Spielberg. A pesar de que en un par de escenas Maras da con algo más interesante cuando Stagg confronta a sus superiores echándoles en cara que no les dirá lo que quieren escuchar —algo que refleja el panorama político de la nación más poderosa del mundo—, su más reciente esfuerzo carece de ingenio y sabor. Más allá de agregar un nuevo dato histórico al bagaje cultural de cualquier persona, no hay ningún otro argumento que la trama ofrezca como para justificar su existencia. La repetición y la falta de una exploración psicológica de lo que experimentan los protagonistas hacen de Bajo Presión un título cuya esencia parece estar más concebida para el streaming que para la pantalla grande.

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