“Nunca dejará de perseguirnos”, se lamenta Kōichi (Ryunosuke Kamiki) en Godzilla Minus Zero (Gojira Mainasu Zero, 2026) al enterarse de que el kaiju ha vuelto. Gojira, por supuesto, regresa como encarnación de las secuelas de la guerra; el fantasma de la catástrofe atómica. En esta secuela, más grande y más ruidosa —de verdad MUY ruidosa—, Takashi Yamazaki eleva la apuesta con un titánico blockbuster cuya manufactura opaca, una vez más, a las superproducciones hollywoodenses recientes. Y aunque no iguala el nivel de emoción de Godzilla Minus One (Gojira Mainasu Wan, 2023), la película ofrece una nueva exploración del trauma colectivo japonés y de un dolor que parece inacabable. Sin embargo, el guion presenta varios problemas para equilibrar el drama humano desplegado aquí, ciertas situaciones ridículas —aun para una historia como esta— y la acción entre los monstruos.
Minus Zero empieza a lo grande al revelar una nueva amenaza: Ghidora. Yamazaki y su equipo hacen maravillas al concebir una majestuosa versión del icónico kaiju. Absolutamente todas las escenas en las que aparece son alucinantes, desde una que involucra un ataque con aviones de combate hasta la climática pelea final contra Godzilla. La maximización del presupuesto queda evidenciada gracias a los VFX empleados en la creación del monstruo —la parte en la que se transforma es un deleite visual—, que resulta muchísimo mejor que cualquier criatura que hayamos visto en el MonsterVerse de Legendary hasta ahora. Y claro, Godzilla no se queda atrás; el Rey de los Monstruos vuelve imponente y amenazante. Poco después de la mitad, una secuencia en particular nos permite verlo en toda su horrorosa gloria destruyendo una ciudad entera —aludiendo, de paso, al complejo vínculo que existe entre Estados Unidos y Japón—. Pero aquí viene una decisión creativa cuestionable: su tiempo en pantalla es bastante limitado y el que tiene no se aprovecha al máximo. La esperada batalla entre los titanes, aunque impactante por un par de minutos, queda a deber por su corta duración.

Así, los personajes humanos tienen un protagonismo aún mayor que en la película anterior, lo que también trae consigo ciertos detalles que dejan a Minus Zero como un esfuerzo inferior, narrativamente hablando. Yamazaki encuentra en sus distintos personajes una variedad de emociones que, en conjunto, manifiestan los sentimientos encontrados de la nación. Está, por ejemplo, Murakami (Min Tanaka), un biólogo que lleva consigo la cicatriz de haber sobrevivido al bombardero atómico en Hiroshima. Su sed de venganza deja al descubierto el resentimiento que el japonés rara vez expresa por su trágico pasado. También tenemos a Kōichi y a Noriko (Minami Hamabe), cuyos roles, en esta ocasión, muestran cómo las personas ordinarias intentan rehacer su vida en medio de la desgracia y el caos. Y luego está Noda (Hidetaka Yoshioka), cuyo espíritu estoico parece inquebrantable. En suma, esta colección de personalidades se convierte en un vitral de la sociedad japonesa de posguerra. El problema, a diferencia de Minus One, es que las notas emocionales no son tan fuertes y algunas simplemente no funcionan —además, la exposición es excesiva—. El final, como muestra, resulta poco efectivo por la indecisión de la trama al darle cierre a la familia de Koichi. Por otro lado, el ritmo suele estancarse, haciendo que la duración de más de dos horas se sienta bastante. Afortunadamente, Yamazki introduce una nueva y sorpresiva veta narrativa muy cercana al body horror; sin embargo, su rol en la historia recuerda mucho a lo que Legendary ha hecho en el MonsterVerse, aunque sin llegar a los niveles de ridiculez que la versión gringa de Godzilla ha propuesto recientemente.
Hay algo de Oppenheimer (2023) también en el ADN de Minus Zero. Noda emerge como una figura carcomida por la culpa; sus creaciones ayudaron en la guerra. Yamazaki y Yoshioka hacen de este un personaje en conflicto con su deber y su ética/moral. Este cuestionamiento surge en otros momentos de la historia, como con Koichi, quien se rehúsa a que él y su esposa se conviertan en instrumentos de guerra. Por supuesto, la exploración psicológica no es tan compleja como la que propone Nolan, pero al menos se argumenta muy bien la influencia de la multiganadora del Óscar.

Minus Zero está lejos de ser perfecta o incluso de igualar a Minus One, aunque sí queda por encima de la mayor parte de los blockbusters del año. Canalizando el miedo de una sociedad en un regularmente trepidante relato de ciencia ficción, usando genialmente la música en las secuencias de acción —la pieza de Ghidora es fantastica— y haciendo gala de notables habildiades ténicas, Yamazaki y su equipo nos dejan pidiendo más, lo cual es bueno y malo; era complicado hacer algo que superará a la primera parte, pero queda una ligera sensación de que algunos problemas evidentes de la película pudieron haberse evitado con un mejor guion.









