Hace más de 15 años, David Fincher hizo lo que, a la postre, sería considerado una película fundamental del primer cuarto del siglo XXI. La Red Social (The Social Network, 2010) es emocionante, estilizada, relevante, astuta… Todo lo que El Poder de la Red (The Social Reckoning, 2026) no. En esta continuación, Aaron Sorkin toma el mando absoluto —él escribió el guion que Fincher dirigió aquella vez— y demuestra nuevamente su nula imaginación al dirigir, sin mencionar que sus tiempos como EL guionista ya quedaron en el pasado, pues la narrativa que construye en esta ocasión no atrapa por ningún lado. Con una propuesta anticuada, sin esa esencia tan cinematográfica que caracteriza a La Red Social y desprovista de cualquier recurso interesante, Sorkin entrega más bien un video informativo de dos horas, a modo de recapitulación, pero que luce como una parodia, en el que sus actores recitan líneas que pretenden revelarnos una verdad que todo el mundo conoce desde hace años.
La historia se enfoca en los llamados Facebook Files, una serie de reportajes de The Wall Street Journal producto de la filtración de la informante Frances Haugen. Sorkin dramatiza lo sucedido con Mikey Madison y Jeremy Allen White, quien da vida al reportero de investigación Jeff Horwitz, al frente. A su vez, desarrolla una narrativa paralela en la que Mark Zuckerberg (Jeremy Strong) —Jessie Eisenberg declinó participar porque ya no quería ser asociado con el personaje— se prepara, junto a su equipo, para una próxima audiencia ante el Congreso. La mesa estaba puesta para que, al menos con este talento de por medio, Sorkin trascendiera el hecho de que, aun siendo importante, se trataba de una noticia ya archivada y de que Facebook es una red social en declive. El problema es que su acercamiento no pudo haber sido más tedioso y obvio. Que la película tenga que recordarle constantemente al espectador cuál es sus tesis con episodios tan evidentes y aleatorios como uno en el que una mujer blanca se hace viral por insultar a un par de policias por su raza, otro en el que una niña resulta víctima de bullying digital —¿alguien ya vio Carrie (2026-), por cierto?—y uno más en el que un idiota dice que leyó una estupidez en Facebook habla muy mal del trabajo de Sorkin.

Los personajes también dejan mucho que desear. Por un lado, tenemos a Frances, a quien el guion representa, por alguna razón, como una mujer que trata al reportero como un imbécil todo el tiempo. Y ni hablar de la constante e inexplicable sexualización de la que es víctima. Presentarla con una toma de sus pies y luego hacer que siempre lleve vestidos escotados, como supuesta parte de la trama, dejan al descubierto una visión masculina que no aporta en absoluto a su desarrollo. Por el otro está Jeff, cuya personalidad tan insípida lo deja sepultado todo el tiempo. La falta de química entre ambos queda evidenciada desde el comienzo y quizá por eso Sorkin le pidió a su director de fotografía que moviera la cámara tanto durante la primera secuencia que comparten. La sensación de que estamos viendo una película para televisión resulta inevitable. Y luego está Zuckerberg, a quien Sorkin caricaturiza por completo como un supervillano desalmado. Vamos, sabemos qué tipo de persona es en realidad, pero algo de matiz le habría venido bien a la seriedad de la película, sobre todo teniendo a alguien como Strong en el papel, quien se nota comprometido, pero no puedo evitar hacer el ridículo con el cosplay que le pusieron. Extrañamente, el actor que sale mejor librado es Bill Burr, quien interpreta a un exasesor de Facebook. Este personaje es el único que parece un humano de verdad; las escenas en las que participa junto a Strong son las únicas rescatables.

Aunado a ello, Sorkin se mete en muchos problemas por la forma en que diseñó la trama. Los saltos temporales no ayudan para nada, ni los gráficos que aparecen indicando en qué año estammos. De nuevo, su confianza en la inteligencia del espectador es nula; el director cree que no hay otra opción más que alimentarlo con cuchara para que quede satisfecho. De ahí que la parte de la insurrección del 6 de enero se sienta como el colofón de un artículo de Wikipedia. Otras decisiones cuestionables, como flashbacks en blanco y negro que subrayan la “maldad” de Zuckerbg, momentos supuestamente impactantes enmarcados por la música más melodramática imaginable —pensar que alguna vez Trent Reznor y Atticus Ross musicalizaron este universo— y un final “feliz” —con todo y escena “inspiradora” al estilo de Hombres de Honor (A Few Good Men, 1992)— pero lamentable en el que Frances levanta el puño en señal de victoria tras su audiencia ante el Congreso, hacen que la película palidezca por completo ante su antecesora. El texto final, en el que prácticamente se da a entender que el pitazo no sirvió de mucho, deja claro que haber hecho esta película también fue un esfuerzo fútil desde el principio.









