En La Muerte de Robin Hood (The Death of Robin Hood, 2026), las historias albergan un poder terrible, o eso es lo que asegura el protagonista, que en esta versión no es exactamente el noble héroe que roba a los ricos para ayudar a los pobres, sino un asesino despiadado que ha provocado un dolor inmenso con sus actos. Para él, los cuentos provienen de una naturaleza cíclica: la violencia que narran engendra más violencia; “Pueden ser usados por los hombres para hacer cosas terribles”, declara. Y es por eso que en esta película nos enfrentamos a una deconstrucción del mito, una que él mismo emprende en busca de redención en los últimos instantes de su vida. El director y coguionista Michael Sarnoski cuestiona, aunque de forma repetitiva y más letárgica de lo que cualquiera hubiese esperado, el trasfondo de la leyenda para entregar un relato realista y visceral del final de Hood.
Después de haberse introducido en el mainstream con un spin-off correcto pero olvidable en el universo de Un Lugar en Silencio, Sarnoski recupera en cierta medida lo que hizo en Pig (2021): un estudio de personaje sobre un misántropo que debe enfrentarse a su pasado para recuperar su presente. En esta ocasión, cambia a Nicolas Cage por Hugh Jackman para construir la psique atormentada de su sujeto. Aunado a ello, canaliza a su Robert Eggers interior con una película que parece emparentada con El Hombre del Norte (The Northman, 2022) no solo por su atmósfera y diseño de producción, sino también por la fiereza de sus imágenes ultraviolentas, al menos durante los primeros 30 minutos, en los que somos testigos de un par de brutales secuencias que representan el principio del fin de Hood. Vamos, incluso Bill Skarsgård se aparece por ahí como un Little John sumido en un frenesí de rabia.

Sarnoski ciertamente se niega a conformarse con una cinta de acción palomera como las que ya ha tenido el personaje en el pasado. Por ello, los 90 minutos restantes transcurren en relativa paz; Hood se cura de sus casi mortales heridas bajo la protección de la monja Brigid (Jodie Comer) y encuentra finalmente el tiempo para tratar de redimir su alma, carcomida por el salvajismo. La historia lleva al protagonista por una senda de reflexión que incluso le brinda varias oportunidades de cortar de tajo otros ciclos de violencia a su alrededor, particularmente en jóvenes a punto de perder su inocencia. Noah Jupe, por ejemplo, interpreta a un jovencito en busca de venganza al que Hood le advierte, como si fuera un espejo, de lo que se convertirá si sigue con su encomienda. Ciertas revelaciones más adelante dan pie a un conflicto emocional entre Brigid y el ladrón, creando una lucha dialéctica entre la verdad y la ficción; la vida y la muerte; el odio y el perdón. Jackson y Comer se entienden bien y hacen de esta confrontación una especie de descubrimiento personal mutuo.

Por otro lado, La Muerte de Robin Hood tropieza con algunas de sus decisiones creativas. La más obvia, por supuesto, es la manera en que coquetea con Logan (2017); además de la apariencia física y el estado en que encontramos a Hood —que recuerdan mucho al mutante—, hay una pequeña niña que queda renuentemente bajo su tutela. Su dinámica, casi entre padre e hija, evoca demasiado a la de Logan y Laura en aquel título de Marvel. Aunado a ello, da la impresión de que Sarnoski le da bastantes vueltas al asunto durante una hora y media, subrayando lo que ya había quedado claro una y otra vez. Si bien se agradece no haber convertido este relato en un blockbuster más, se percibe un abuso en cuanto al conflicto existencial en el que se ve sumergido el protagonista. No hay duda de que Sarnoski se deja llevar por las ínfulas ontológicas que proyecta la película, pero debemos darle crédito por desafiar la romantización y explorar las aristas más oscuras que las historias omiten y cómo estas, a su vez, inadvertidamente, justifican la violencia.








