No sería justo culpar a un par de buenos actores como Wagner Moura y Greta Lee de una basura como La Última Casa (The Last House, 2026), película estrictamente algorítmica de Netflix diseñada para ser reproducida mientras el espectador hace otra cosa, ya sea ver su teléfono, doblar la ropa o, ¿por qué no hasta dormir? Moura y Lee tienen que pagar las cuentas en casa como nosotros y de ahí que acepten cheques de las plataformas para protagonizar su contenido —porque, definitivamente, a la mayoría no se les pueden llamar “películas”—. Queriendo replicar fórmulas que antes le han funcionado y pretendiendo elaborar un discurso sobre… ¿algo?, este producto de Netflix llama la atención por un guion pobrísimo y una acumulación de todos los clichés habidos y por haber de las historias postapocalípticas contemporáneas.
Bird Box: A Ciegas (Bird Box, 2018), El Hoyo (2019) y Dejar el Mundo Atrás (Leave the World Behind, 2023), todas tramas centradas en lo que el ser humano es capaz de hacer para sobrevivir, fueron enormes éxitos para Netflix en su momento. Por eso no debería resultar extraño que intente replicar el concepto con apenas un pequeño cambio, que, en esta ocasión, se trate de encerrar a todo el mundo en sus casas por razones desconocidas. La premisa, por supuesto, viene directamente del estrés postraumático de la pandemia de COVID-19; cómo olvidar el relativo encierro y aislamiento que vivimos y que, sin duda, llevaron al límite a más de uno. Pero, a varios años de haber concluido oficialmente, La Última Casa se siente como un esfuerzo tardío e innecesario por revivir esta época, sin mencionar que hace pasar lo que intenta decir por una absoluta revelación. Con un toque de fantasía de por medio, el director Louis Letterrier y el guionista Matthew Robinson entregan un ridículo producto “pandémico” cuya obvia alegoría y ejecución genérica lo convierten en un título de Netflix que será lo más visto cuando salga, pero que inmediatamente quedará en el olvido unos días después, algo normal en nuestros días pospandémicos.
Moura y Lee hacen lo que pueden con lo que tienen, pero su esfuerzo es inútil. El piloto automático en el que están impide que haya cualquier tipo de química entre ellos. El par interpreta a unos padres que deben aprender a sobrevivir junto a sus hijos cuando, inexplicablemente, quedan encerrados en su casa. Leterrier y Robinson apuntan a un drama familiar que, sin embargo, nunca se materializa, ni tampoco la claustrofobia que pretenden crear; su supuesta propuesta oscura se ve aligerada por los típicos montajes musicales en los que los integrantes convierten la pesadilla en una colección de lindos momentos en familia. Más adelante, se acuerdan de volver a la “crudeza” con un par de escenas mal escritas y dirigidas en las que la tensión finalmente hace de las suyas; curiosamente, esto ocurre años después del encierro. Y, bueno, una variedad de instantes de brutalidad animal hace que esto sea más insoportable.
La Última Casa, de la nada, introduce un comentario ambientalista para justificar el ángulo fantástico del relato, pero lo único que consigue el giro final es poner la cereza en el pastel de este absurdo e irrelevante ejercicio. Fallando como intento de drama, terror y fantasía —porque esto tampoco es ciencia ficción—, este título de Netflix es una prueba más de cómo la plataforma basa gran parte de sus propuestas creativas en replicar viejos éxitos y en la ley del mínimo esfuerzo para cumplir con la cuota de contenido y complacer superficialmente a sus suscriptores. Curiosamente, está por estrenarse una película más en forma sobre otra familia que debe sobrevivir junta en su casa; esperemos que El Final de la Calle Oak (The End of Oak Street, 2026) sí tenga las emociones de las que esta tanto presume.
La Última Casa está disponible en Netflix.







