Crítica – Alpha: Julia Ducournau se pierde entre sus obvias metáforas

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Si hay algo que queda claro repasando su filmografía, Julia Ducournau ha estado interesada en dos cosas principalmente: la familia y la carne. Desde el cortometraje Junior (2011) hasta Alpha (2025), la francesa ha explorado el lado más oscuro de los vínculos familiares a través de historias en las que sus protagonistas luchan contra sus propios cuerpos. Una especie de body horror se volvió sello de su obra, lo que terminó valiéndole la Palma de Oro en el Festival de Cannes; fue apenas la segunda mujer en lograrlo. Alpha parece ser el principio de una nueva etapa en su trayectoria, aparentemente dejando de lado lo sórdido por un enfoque más “serio”. Y esto es precisamente lo que se revela como el talón de Aquiles de su fallido tercer largometraje: un drama sobre aferrarse a salvar a alguien que no quiere ser salvado, envuelto en un pretencioso empaque y entregado con una inseguridad que pronto contagia a la cinta entera. Un ejercicio errático, extenuante y muerto a la llegada que se vale de obviedades y reiteraciones que no conducen a nada.

Ducournau nos sitúa en una Francia consumida por un virus que convierte a la gente en estatuas de mármol. Los hospitales comienzan a llenarse y la paranoia está a tope. En cuanto a lo temporal, da la impresión de que estamos en algún punto de principios de los noventa. Es evidente, entonces, que nos encontramos ante una alegoría de la pandemia del VIH/SIDA; y, claro, habiendo llegado esta película en 2025, se puede deducir que la realizadora pasó su cuarentena de principios de la década haciendo parte de la obra lo que veía. El gran problema es que lo que ha concebido es tan obvio que no deja espacio a ninguna interpretación, como si desconfiara por completo de los espectadores.

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Imagen: Mandarin & Compagnie, Kallouche Cinéma

Recuperando los conceptos de Junior y de Voraz (Grave, 2026) —y repitiéndose con otro coming of age—, la trama sigue a una jovencita llamada Alpha (Mélissa Boros) que llega a casa con un tatuaje hecho en las condiciones más insalubres. Su madre (Golshifteh Farahani), una médica que, como si no fuera ya suficiente, tiene que lidiar con la emergencia nacional, no tarda en regañarla por su irresponsable acto y en preocuparse por un posible contagio. La tensión crece cuando, de la nada, aparece un invitado: Amin (Tahar Rahim), el tío de la niña y adicto a las drogas. Así, Doucaurnu nos adentra en una dinámica marcada por la decepción, la desconfianza y unas singulares muestras de amor. Los tres actores, a decir verdad, lo hacen bien proyectando la delicada situación que los une y los separa al mismo tiempo. Sin embargo, el guion revela su debilidad cuando se empeña una y otra vez en recordarnos la condición que experimentan tanto Alpha como Amin; el paralelismo es obvio, pero Ducournau no deja de subrayarlo. La directora incluso recurre a recursos surreales tan evidentes como una habitación que parece cobrar vida y casi aplastar a Alpha.

El asunto empeora con una serie de flashbacks —que se distinguen del presente desaturado por una paleta de colores más cálida; no vaya a ser que el público no entienda en qué tiempo está— que muestran otra etapa de la relación entre los tres personajes. Ducournau pierde el hilo por completo al mezclar ambas temporalidades para llegar a una revelación supuestamente explosiva. El impacto emocional nunca se materializa y lo errático del montaje contribuye a que el relato se pierda por completo en sus solemnes pretensiones. Las decisiones narrativas de Ducournau se perciben como sinsentidos. Vamos, ni siquiera la elección del soundtrack convence en esta ocasión; la directora lanza temas de Tame Impala, de Nick Cave y de Portishead solamente porque sí. Nada se siente orgánico.

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Imagen: Mandarin & Compagnie, Kallouche Cinéma

Alpha presume ser un “sueño dentro de un sueño” para justificar su narrativa fragmentada y las constantes metáforas, pero la propuesta de Doucaurnu en esta ocasión se desfonda intentando explicarse a sí misma, dejando de lado aspectos más interesantes, como la asimilación cultural por la que tiene que pasar una familia migrante y la relación de Alpha con sus compañeros, que en breve la convierten en paria. Desafortunadamente, la cinta prefiere tocar todavía más temas que amplían el panorama social, pero sin un propósito que expanda las ideas centrales, como cuando un profesor gay es víctima de homofobia en su propio salón de clases y luego el guion simplemente no sabe qué hacer con el personaje.

Doucurnau entrega la peor película de su carrera hasta ahora. Quizá el shock value quedó esta vez en un tercer plano, pero el body horror social que plantea carece de la fuerza y la seguridad necesarias para realmente decir algo valioso.

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