Crítica – El Diablo Fuma (y Guarda las Cabezas de los Cerillos Quemados en la Misma Caja): el tiempo detenido

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Molestar a nuestros hermanos; ver la transmisión de la visita del Papa; construir cosas extrañas con cualquier basura del patio; echarle pleito a los vecinos; esperar a que nuestros papás lleguen del trabajo hasta la tarde o incluso en la noche… Los noventa: una época en la que todo parecía ir mejor, aunque ¿cuándo realmente las cosas han ido mejor? En El Diablo Fuma (y Guarda las Cabezas de los Cerillos Quemados en la Misma Caja) (2025), ganadora del premio a Mejor Ópera Prima en la Berlinale, el tiempo parece congelado en la casa que habitan cinco hermanos y una abuela paranoica que ya no distingue qué es real y qué no. El espacio en el que nos adentramos, que funciona como una especie de refugio, nos resulta tan familiar, quizá de buena manera, o en retrospectiva puede que también dé cuenta del abandono, probablemente no deliberado, de parte de los padres. Con esta obra, el realizador Ernesto Martínez Bucio apela a un momento muy particular de la contemporaneidad mexicana para expresar un estado de ánimo y una serie de fantasías —algunas muy oscuras— con las que nos criamos.

Si Tótem (2023) nos insertaba en una familia en la que los padres —con sus propios problemas, claro—, ya sea para bien o para mal, estaban más que presentes para los niños, El Diablo Fuma se va al otro extremo y nos presenta a un grupo de niños que, prácticamente, deben valerse por sí mismos. Martínez Bucio y la coguionista Karen Plata se rehúsan a dar explicaciones, pero las pistas están ahí: la madre, una enfermera, parece haber decidido partir por alguna razón, mientras que el padre va en su búsqueda dejando a cargo al hijo más grande. La desolación permanece latente, pero en breve una fraternidad muy mexicana emerge para sacar adelante a los chicos. Así como la cinta de Lila Avilés surge de algo muy personal, esta obra también se siente completamente impregnada de recuerdos. No por nada el VHS es un elemento recurrente en la historia —Aftersun (2023), por supuesto, viene inmediatamente a la cabeza—, el cual funciona como una ventana a un pasado en el que, de nuevo, las cosas pintaban mejor, aunque realmente no fuera el caso. La nostalgia como falso aliciente.

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Imagen: Mandarina Cine

La película es un drama costrumbista que nos acerca a la cotidianidad de estos chicos, que pasan sus días viendo la tele, haciendo travesuras e incluso lidiando inesperadamente con la muerte. Martínez Bucio y Plata contextualizan la historia justamente en una época en la que la tele ocupaba el lugar de los padres ausentes. Así, Estado e Iglesia hacían lo suyo para integrar a futuros fieles y ciudadanos a sus sistemas. “Quiero ser bailarina o Papa”, dice una de las chiquillas. Su mecanismo de defensa, entonces, les lleva a vivir una serie de aventuras en su propia casa, donde también puede que habite un ser que, desde un punto de vista muy retorcido, les protege —si eres fan de Robert Eggers, enloquecerás con la última escena—. En ciertos lapsos, el montaje y la música llevan la acción a un terreno que podríamos definir como de terror. Pero aquí no hay jump scares ni nada por el estilo, sino más bien una sensación incontestable de añoranza en medio de una batalla muy íntima por la supervivencia, más emocional que física.

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Imagen: Mandarina Cine

El Diablo Fuma recuerda al coming-of-age de Los Lobos (2019), al profundo e inquietante malestar psicológico que emana de Celeste Soledad (2022) y a cierta dinámica familiar de la obra de Kore-eda. Viviendo su propio fin del mundo, estos niños se vuelven un ancla al pasado. “No llores, no sirve”, le dice la abuela a una de sus nietas en repetidas ocasiones. La desesperanza y las amenazas del exterior intentan en todo momento quebrar esta familia, pero cuando la vela se apaga, algo ¿profano? la prende una vez más para mantener vivo el recuerdo y el optimismo. Puede que los papás no tarden en volver, o tal vez nunca regresen, pero cuando el tiempo permanece detenido como en esta película, ¿qué más da? Quizá la memoria de su existencia sea más que suficiente.

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