El cine distópico nos ha predispuesto a esperar lo peor del futuro, y con el presente que vivimos, con mayor razón. Obras como la nominada al Óscar Arco (2025) —coproducida por Natalie Portman— apuestan por un concepto diferente: ¿y si el mañana no es tan malo como esperamos?; ¿y si, por alguna razón, las cosas cambian y la utopía ya no luce inalcanzable? En su primer largometraje, el dibujante y cineasta Ugo Bienvenu manda un mensaje de paz y esperanza a través de una aventura temporal y la linda amistad entre dos jovencitos separados por las épocas, pero unidos por la añoranza de querer y ser queridos. Aunque la película no puede evitar caer en lugares comunes y en varios clichés al desarrollar los arcos de sus protagonistas, Bienvenu y su equipo compensan las falencias narrativas con un emocionante universo lleno de detalles y vistosos visuales.
Arco nos sitúa en el 2932, año en el que la humanidad vive en armonía en los cielos para dejar que la tierra sane; además, las personas mayores de edad pueden viajar en el tiempo con atuendos arcoíris para estudiar las distintas eras. Arco, todavía un niño, ansía que llegue el momento en que él también pueda embarcarse en estas aventuras; pero su ambición resulta muy grande como para contenerse, por lo que rompe las reglas y termina accidentalmente en el 2075, donde nos encontramos con un mundo más parecido al nuestro, al borde del colapso climático y con la compañía artificial cada vez más incrustada en la vida diaria. Bienvenu, entonces, nos presenta dos futuros posibles, uno mejor que el otro; y aunque el optimismo permea buena parte de la narrativa, esta se permite explorar las profundas imperfecciones y los vicios que definen a la humanidad de este siglo. Por ello, casi toda la trama transcurre en 2075, donde Iris sueña con un cambio, y no precisamente global, sino al interior de su familia.

Arco e Iris son dos niños enfrentados con la soledad y la imposibilidad de tener lo que más desean: estar con sus padres. Mientras que los del primero viajan a través del tiempo, los de la segunda deben trabajar lejos, por lo que solo pueden convivir con ella en forma de hologramas. Este deseo de conectarse se manifiesta igualmente en la presencia de la inteligencia artificial en el día a día; Mikki, el robot niñero de Iris, le da todo lo que sus padres no pueden: cariño, protección y educación. La relación entre los dos chiquillos se vuelve el corazón de una película que acierta al desarrollar un lazo genuino que trasciende el tiempo y el espacio, pero que cae en lo predecible con elementos que hemos visto ya en clásicos como Volver al Futuro (Back to the Future, 1985) y E.T., el Extraterrestre (E.T. the Extra-Terrestrial, 1982). La parte del alivio cómico —representada en tres hermanos conspiranoicos cuyo rol en el relato cambia de un momento a otro— tampoco resulta demasiado inspirada.

Si bien no hay nada nuevo en una historia sobre un chico que necesita ayuda para volver a su época/planeta, Bienvenu hace de Arco una linda experiencia con sus bellos visuales —y la música de Arnaud Toulon no se queda atrás—. Su experiencia como dibujante de cómics queda plasmada en cuadros cuyo estilo evoca al de Studio Ghibli y el de Moebius. La combinación encaja bien con la propuesta esperanzadora de la película, que también encuentra algo en común con la obra de Makoto Shinkai, específicamente con Suzume (Suzume no Tojimari, 2022), que alberga un discurso ecologista muy similar. Al final, el filme, con todo y una resolución que abusa del sentimentalismo, celebra la amistad como una fuerza incontenible y el poder que tiene uno para comenzar a fomentar el cambio a una mayor escala. El futuro es hoy.









