Sirāt (2025), definitivamente, es una experiencia, aunque no por las mejores razones. Con su nueva película, Óliver Laxe pide al espectador acompañar a sus personajes en un viaje emocional, psicológico y sensorial en el que la música, el polvo y la desolación son los grandes protagonistas. Pero así como los vastos y espectaculares desiertos que retrata, su obra prueba estar completamente vacía de cualquier discurso relevante. A pesar de un despliegue técnico notable y de la habilidad de Laxe para crear inmersión, la cinta se tambalea de principio a fin por el nulo desarrollo de personaje y por una miopía geopolítica y social que resulta sumamente problemática.
El único rasgo de historia que podemos encontrar en el filme aparece al principio: Sergio (Sergi López) y su hijo (Bruno Núñez Arjona) llegan a un rave en el desierto de Marruecos en busca de la otra hija del primero, desaparecida desde hace meses. A partir de ahí, Laxe pone en marcha una odisea en la que realmente no importa la narrativa o los individuos, sino solamente lo que les ocurre. En este sentido, el español canaliza a su Gaspar Noé interior creando una dinámica similar a la de Clímax (Climax, 2017), aunque con un ritmo desacelerado pero punzante que marcha en sintonía con el deep techno. Sin embargo, la atmósfera no puede sostener el relato todo el tiempo, y Laxe no ofrece ninguna alternativa de peso.

Por ello, el realizador no tiene más remedio que recurrir al efectismo. Primero, a la mitad de la película, con una traumatizante secuencia que, sin embargo, y extrañamente, resulta tan predecible como aleatoria. Ciertamente, el momento genera impacto, pero también es verdad que hay algo de artificial en él; Laxe no se molesta en argumentar esta decisión, por lo que da la impresión de que su única intención era castigar a uno de los protagonistas sin razón aparente, muy al estilo de Noé. Lo mismo ocurre cerca del final, cuando, de nuevo, la crueldad se asoma de la nada y sin un propósito claro. El director parece regodearse en la violencia y el infortunio simplemente porque sí.
Y luego está la cuestión problemática de la película, filmada en una zona ocupada y con una trama en la que personajes blancos toman un territorio en disputa para explotarlo en beneficio de su “espíritu”. Laxe se muestra insensible ante el contexto, e incluso remata con un final en el que los sobrevivientes de esta desafortunada aventura son puestos al mismo nivel que los habitantes de la región (musulmanes y gente de color) tratando de escapar de un destino fatídico. Ecos de Emilia Pérez (2024) se perciben en la intención de Laxe al incorporar con poco conocimiento elementos sociales en su cinta.

Sirāt, por suerte, tiene el gran score y la poderosa fotografía de su lado. Las imágenes y los sonidos (de parte del primer equipo conformado únicamente por mujeres) hacen el trabajo y cumplen con el aspecto sensorial que Laxe propone; con camiones en movimiento, polvo cubriéndolo todo y la música sonando a tope, pareciera que estamos de vuelta en Mad Max: Furia en el Camino (Mad Max: Fury Road, 2015). Pero con una tensión fabricada artificialmente, personajes planos y una necesidad de impactar, Sirat se siente dramáticamente irrelevante y narrativamente hueca.









