Crítica – Exterminio: El Templo de Huesos; los falsos mesías surgidos de la desesperanza

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En la escena más emotiva de Exterminio: El Templo de Huesos (28 Years Later: The Bone Temple, 2026), el Dr. Kelson (Ralph Fiennes) le dice a Spike (Alfie Williams) que “solo estamos nosotros”. El eterno enfrentamiento entre la fe ciega y el escepticismo tiene un nuevo y brutal episodio en la cuarta entrega de una saga que el mismo Danny Boyle revivió con Exterminio: La Evolución (28 Years Later, 2025). Participando ahora desde otra faceta, deja que Nia DaCosta tome las riendas y presente su propia versión postapocalíptica del regreso del ser humano a sus salvajes orígenes. Con una película de menor escala pero temáticamente expansiva y relevante para los tiempos que vivimos, la directora y Alex Garland —que vuelve a brillar como guionista— exploran la naturaleza del mal en un mundo en el que, a pesar de todo, hay espacio para la redención y la salvación a través del conocimiento.

La franquicia ha transitado por distintos estilos y temáticas en cada una de sus entregas. Si Exterminio (28 Days Later, 2002) indaga en el fascismo militar que surge tras la catástrofe, La Evolución se fija en el aislamiento sociopolítico derivado, por supuesto, del Brexit. Garland, en esta ocasión, incorpora una exploración del fanatismo en tiempos de desesperanza, en los que, inevitablemente, surgen falsos mesías cuyos seguidores se entregan a sus falacias y brutalidades, aun sospechando de sus palabras. El británico, sin duda, hace referencia a la época de insania que vivimos y al ascenso al poder de líderes que enarbolan una retórica de violencia para convencer a un sector de la población que tenía que esconder su verdadero ser detrás de máscaras.

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Imagen: Columbia Pictures, DNA Films, Decibel Films

Con las tres películas que ha escrito en este universo, Garland ofrece un vistazo a las variantes sociales que tratan de construir o destruir después de un cataclismo. La Naranja Mecánica (A Clockwork Orange, 1971), probablemente, le sirvió de base ahora para acercarnos nuevamente a una distopía que aparecía como una militar en la cinta original. Es aquí donde entra Sir Lord Jimmy Crystal (Jack O’Connell), a quien conocimos brevemente al final de la anterior. Jimmy y su secta “satánica” recuerdan inevitablemente a Alex DeLarge y sus drugos, ensismados con cuánta violencia puedan infligir a los demás. La crueldad que los define supera por mucho al apetito voraz de los infectados que deambulan por el campo. Garland, como en la primera parte, sabe que el verdadero terror es aquel creado por el individuo que ya no está encadenado a la moral; es ahí donde habita la genuina naturaleza del mal.

Pero no todo el crédito es de Garland, pues DaCosta hace lo suyo no solo con un fino trabajo de dirección, enfocado más ahora en la psicología de los personajes y sus filosofías de vida que en la acción vertiginosa. La directora opta por una propuesta audiovisual distinta; atrás quedó la música de Young Fathers y las tomas captadas con iPhone. En su lugar, las angustiosas notas musicales de Hildur Guðnadóttir, la fotografía de Sean Bobbitt —que por momentos alude a un POV que recuerda al filme de hace más de 20 años— y una ecléctica pero efectiva selección de canciones populares le dan un sabor diferente pero familiar a esta entrega. DaCosta, además, consigue las mejores actuaciones que hayamos visto en la saga hasta ahora. Mientras que Fiennes se compromete por completo con la pureza de su personaje —y también físicamente en una fantástica secuencia musicalizada por Iron Maiden, O’Connell destila maldad con su encarnación de un falso Anticristo —cuya aparición recuerda invariablemente a la de su villano en Pecadores (Sinners, 2025), cinta con la que esta comparte una vibra similar en cuanto al terror y el comentario social. La lucha del bien contra el mal es obvia, pero pocas veces resulta tan estimulante.

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Imagen: Columbia Pictures, DNA Films, Decibel Films

El Templo de Huesos, finalmente, retoma esa búsqueda de humanidad que Boyle y Garland desplegaron en La Evolución. “Recuerda que morirás”, pero también “recuerda que amarás”. La semilla plantada en la secuencia del parto en aquella se cosecha aquí en forma de la relación que Kelson desarrolla con el alfa Sansón (Chi Lewis-Parry) —que incluso tiene un poco de humor—. Irónicamente, mientras los humanos se entregan a sus instintos más salvajes, los infectados se reencuentran inesperadamente consigo mismos gracias a un suceso que no conviene adelantar. Boyle aseguró que el cierre definitivo de la historia —que se dará con la quinta película ya confirmada— se tratará sobre la redención, cuyos trazos se asoman precisamente con la subtrama alrededor de Sansón, la escena final y esas líneas que recita Kelson al principio: “La paz y el descanso no tienen nada de malo”.

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