Crítica – Frankenstein: Guillermo del Toro se encuentra a sí mismo en la obra de Mary Shelley

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Los monstruos han sido siempre la fascinación de Guillermo del Toro. La visión fantástica del mexicano nos ha permitido acercarnos al lado más humano de los marginados, los inadaptados, los olvidados… Su Frankenstein (2025) se siente como la culminación de esta construcción temática; esa última escena en la que vemos a la criatura (Jacob Elordi) atisbar el congelado horizonte tratando de asimilar la difícil tarea de tener que vivir engloba lo que el popular director ha enarbolado durante todos estos años. Si bien no estamos ante su obra maestra, su adaptación —perseguida por mucho tiempo— de la icónica obra de Mary Shelley protege la esencia del material —por supuesto, con sus necesarias libertades— y al mismo tiempo encuentra otro ángulo para tratar de distinguir por qué el verdadero monstruo es en realidad el humano, ese ser empeñado en destruirlo todo y a todos.

Del Toro se aproxima a la novela de Shelley desde lo paternofilial. A diferencia de la historia original, el cineasta nos presenta una relación tóxica entre el joven Victor (Christian Convery) y el barón Frankenstein su padre (Charles Dance). Del Toro planta la semilla en el inicio del relato del científico lo que veremos más adelante: un padre que le falla a su hijo. Esto, claro, se extrapola al concepto central de lo que Shelley escribió hace más de 200 años: hombres que pretenden ser dioses. Esto trae consigo uno de los grandes defectos que definen a las deidades en el imaginario popular: su incapacidad para ser justos o empáticos. El núcleo de Frankenstein, entonces, se encuentra primero en la megalomanía convertida en monstruosidad de Victor (Oscar Isaac), y luego en la decepción de la criatura con su creador y lo que representa el mundo: un ciclo interminable de violencia.

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Imagen: Bluegrass 7, Demilo Films, Double Dare You

A pesar del carácter maximalista de la película —y del hecho de que Netflix esté detrás—, la voz de del Toro puede escucharse regularmente. Además de la evidente temática de los hombres convertidos en monstruos, los conceptos religiosos abundan. Los simbolismos católicos que aparecen en la trama apuntan a una conversación entre del Toro y su crianza; no por nada Isaac ha comentado durante la gira de prensa que esta cinta representa una versión muy latinoamericana del relato universal de Frankenstein. Aunado a ello, el mexicano parece también dialogar con su pasado como artista. Elementos visuales y narrativos de La Cumbre Escarlata (Crimson Peak, 2015), La Invención de Cronos (1992) y hasta Pinocho (Pinocchio, 2022) —a la que llama el otro lado de la moneda del relato en cuestión— y Hellboy (2004) se perciben en esta historia gótica acerca de la vida eterna y la relación entre un padre y su hijo.

En cuanto a lo técnico, resulta un alivio ver que, en su mayoría, ese look de las películas de Netflix está ausente de Frankenstein. Si bien hay algunos momentos CGI —principalmente en el incendio de la torre— que se ven un poco rudimentarios, la estética visual casi todo el tiempo. El compromiso de del Toro con los efectos prácticos y los sets —una combinación que recuerda a El Gran Truco (The Prestige, 2006), y también por esa relación entre el dolor y la ciencia— reales le permite a Dan Laustsen poder trabajar a gusto capturando la bellísima labor del diseño de producción y de vestuario. Por su parte, Alexandre Desplat entrega una maravillosa serie de majestuosas composiciones clásicas que contribuyen al estado de ánimo de los personajes, evitando caer en la manipulación o el subrayado obvio. Por último, donde quedan algunas dudas al principio es con el maquillaje de Elordi; honestamente, en su primera etapa no se ve del todo convincente. Por suerte, ya cuando lo vemos “maduro”, los prostéticos y demás se notan más integrados y menos “plásticos”.

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Imagen: Bluegrass 7, Demilo Films, Double Dare You

Frankenstein hace algunos cambios que se acomodan a la visión de del Toro. Mia Goth juega un papel importante en ellos. Su relación con la criatura, que recuerda hasta cierto punto la de Ellen con Orlok en el Nosferatu (2025) de Eggers, hacia la segunda mitad, le da un toque todavía más trágico a la historia. Su otro personaje, la madre de Victor, también funciona como catalizador del odio dentro de su hijo. En suma, el paralelismo entre este último y su creación que del Toro trabaja está bien definido. Y claro, a través de la incansable búsqueda del científico, el querido director parece identificarse como creador, el responsable de ensamblar las partes para que todo funcione. En la obra de Shelley encontró un canal para expresarse como artista, como hijo, como hombre imperfecto, como católico y como pecador. Vivir, después de todo, vale la pena.

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